Yo ya sé que ustedes admiran la perspicacia de los suricatas, nuestra inteligencia, nuestra intensidad y sagacidad, nuestra eficacia, nuestras hábiles capacidades en definitiva. Ahora bien, no olviden que somos una de esas especies capaces de devorarnos, literal, a nosotros mismos (tenemos un lado muy humano) y que, sobre todo, somos tremendamente frágiles y vulnerables, algo sólo compensado con el instinto y, sobre todo, con nuestro trabajo en equipo, pues toda la atención es puesta al servicio de la comunidad para su protección. No se trata de salvarse a uno mismo, sino ante todo salvar a la comunidad en su conjunto.
Lo interesante es que, en la selva, salvarse a uno mismo es una actitud irreprochable, si bien por pura matemática es mucho mejor primar la solidaridad, porque ante los leones, leopardos, cocodrilos, serpientes, aves rapaces y demás depredadores no siempre es posible tener ojos en la espalda, esos que siempre tiene en su sitio quien camina detrás de ti. Hoy por ti, mañana por mí y todos y cada uno de los días por todos y cada uno de los seres mortales.
En la selva logística, la perversión de este espíritu es la endémica especie del héroe salvador, del mesías protector, atento a salvarse a sí mismo y a salvar a todo el mundo sin dejar ni que le salven ni que otros también puedan contribuir a la salvación. Al fin y la cabo, eso supondría compartir los méritos, harto sacrificio en la dictadura de la medallitis.