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“...la tierra que nos quede en las tripas...”

  • Última actualización
    29 julio 2026 05:20

Al atardecer del viernes, cuando las lenguas de fuego pugnaban en los confines de Ávila y Madrid por devorarse mutuamente y arrasar con todo, se despertó en el horizonte de la capital el manto de humo y comenzó a devorar el azul del cielo ante la mirada consternada de los viandantes

Caía el sol a esa hora en la misma raíz de las tinieblas y teñía todo de rojo y parecía que las llamas bajaran del cielo. Y aún así, qué cerca y qué lejano todo.

Y qué humano, porque en estos días de zozobra nos hemos tenido que aferrar a dos sentimientos tan connaturales y necesarios como contradictorios.

Por un lado, esa calificación del incendio por parte de los expertos como “¡inextinguible!” ha servido para, ante el desastre, encarnar el alivio que representa la “resignación”.

Al fin y al cabo, como decía en su novela “Al faro” la escritora Virginia Woolf, “todas las vidas vividas y aún por vivir están llenas de árboles y hojas caídas”.

Pero, por otro lado, los políticos, en su sucio, mezquino y mendaz afán de echar mierda sobre ellos mismos pero, ante todo, sobre aquellos a los que representan, han sido también tremendamente humanos al abrir la caja de los truenos del “porqué” y de las “responsabilidades” pues, aunque a veces no lo parezca, somos seres “racionales”. Recordemos aquí la reflexión de Manuel Chaves Nogales en su obra “La agonía de Francia”, a cuenta de cómo vivió la sociedad francesa los meses previos a la invasión de Hitler y cómo fue su despertar ante el horror que sobrevino: “Fue en aquellas horas espantosas cuando la masa francesa debió de pensar por primera vez que acaso hubiese sido mejor hacer la guerra que sufrirla”.

Europa va muy sola en la lucha contra el cambio climático y en el viejo continente tenemos la sensación de estar haciendo el idiota

Ante esta dicotomía, no parece que en la sociedad actual haya muchas dudas en torno a que el camino correcto es declarar la guerra a los incendios, antes que limitarnos a sufrirlos. Ahora bien, es necesario armarnos en todos los frentes de la batalla. El desbroce de los montes o dotarse de los medios antiincendios necesarios es un buen argumento, incluso para calmar la rabia. Pero estos fuegos no son solo inextinguibles por las circunstancias de la masa arbórea que se quema, ni por el número de aviones que la sobrevuelan. Son inextinguibles también por las condiciones climáticas que hacen que una chispa en nuestros campos sea lo mismo que prender un arsenal de dinamita.

Y sí, aunque nos incomode, tenemos que desembocar en el cambio climático, estación ineludible en el viaje hacia los porqués y las responsabilidades, y sobre todo reflexionar en profundidad en torno a lo que en un sector como el logístico más duele ahora mismo, que son las exigencias medioambientales diseñadas desde las Administraciones Públicas, con la Unión Europea como gran adalid.

Reconozcamos que la gran batalla que afronta el sector logístico no es ahora mismo la acción proactiva contra este cambio climático, razonablemente integrada en lo que respecta a los objetivos individuales de descarbonización.

La verdadera batalla, en la que el sector no cede ante la resignación y mantiene las espadas en todo lo alto, es la lucha contra todas aquellas medidas cuyo diseño en favor de la sostenibilidad medioambiental no le tienen respeto alguno a la sostenibilidad económica. La oposición frontal al ETS marítimo o a los horizontes de descarbonización en el transporte por carretera son ejemplos paradigmáticos.

Puede que el argumento de la sostenibilidad económica se haya convertido ya en una excusa

Es cierto que sostenibilidad medioambiental y sostenibilidad económica son las dos caras de la misma moneda de la supervivencia. Ahora bien, uno ve los campos arder y no puede por menos que cuestionar sus propios principios y preguntarse si no abusamos de la sostenibilidad económica y convertimos el argumento en excusa.

Es cierto que el mundo no nos acompaña, que Europa va muy sola por delante en la lucha contra el cambio climático y que en el viejo continente tenemos la sensación de estar haciendo el idiota, pues las emisiones que nosotros rebajamos con un alto coste otros países las sepultan por la simple inercia de su crecimiento económico.

Al final, todos estamos unidos en el qué, pero seguimos divididos en el cómo y aún más en el cuándo, mientras los campos se nos mueren en fuegos inextinguibles, porque si seguimos ignorando al elefante en la sala no nos quedará más que, como decía Gabriel García Márquez en “Crónica de una muerte anunciada”, morir aplastados sin más cuidado que sacudirnos con las manos la tierra que nos quede en las tripas.

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