Valencia ciudad. Zona Cánovas. Media mañana. Varios muchachitos y muchachitas (¿son 6? ¿8? están por todas partes, en la acera, entre los coches aparcados en segunda fila en las esquinas...), se afanan en buscar y confirmar las direcciones que se incluyen en el centenar (o más) de paquetes “e-commerce” esparcidos por el suelo en montones que presupongo están trazabilizados y controlados. Confirman los bultos y los suman a los que ya tienen en sus sacas de reparto (¿se llaman así estas bolsas de poliéster gigantes en las que bien podría transportarse a un par de adultos petit?). Cuando acaben, comenzarán el reparto en mano a los centenares de usuarios de la venta online que esperan la entrega entre las 12-15 horas.
Podrías pensar que esta situación es algo excepcional, que, en realidad, la empresa que realiza el servicio para los marketplace y retailers ha tenido una incidencia y no le ha quedado otra que resolver la situación a las bravas para que los clientes finales reciban sus pedidos a tiempo, pero no es verdad.
¿Pensabais que la crisis de la vivienda, esa que está convirtiendo los bajos comerciales de Ruzafa, Cánovas, Quatre Carreres, etc. en apartamentos turísticos, no afectaría a la logística? ¡Sorpresa!
La distribución urbana de mercancías tiene muchos desafíos que atender, sobre todo en la parte más relacionada con los particulares (el B2C de toda la vida), y uno de ellos es este: cómo hacer la clasificación de paquetes en los centros de las ciudades cuando tus volúmenes no te dan para llenar furgonetas completas de reparto por áreas/barrios de la ciudad en cuestión. Necesitas un espacio físico en el que hacer esta operación, pero... ¿dónde?
¿Pensabais que la crisis de la vivienda, esa que está convirtiendo los bajos comerciales de Ruzafa, Cánovas, Quatre Carreres, etc. en apartamentos turísticos, no afectaría a la logística? ¡Sorpresa! Sí que afecta -y mucho-. Los pocos espacios a pie de calle libres de inversores suelen ser carísimos, pequeños y viejos (a entender que son zulos oscuros, con humedad y pintura del siglo XX por los que piden miles de euros de alquiler). Así que, mientras las soluciones llegan, los chaflanes se convierten en los microhubs de las pymes de la última milla.
En la parte B2B la situación no es tan crítica porque sus necesidades no son exactamente las mismas. Lógicamente, hay desafíos que las empresas necesitan solucionar, sobre todo cuando se activen las zonas de bajas emisiones, pero, por ahora, el trabajo se está pudiendo hacer en condiciones. También reconozco que Valencia tiene un tamaño que nos permite lidiar mejor con estos problemas (falta de microhubs, carencia de red electrificada para los vehículos ECO, legislación obsoleta, saturación de entregas por los volúmenes del e-commerce, etc.) En Madrid y Barcelona la cosa es bien distinta...
Otro punto que se tendría que analizar dentro de la cadena de suministro (y como sociedad de consumo) es que los servicios de entrega de la paquetería sigan contemplándose en la compra online como “gratis”. A primeros de junio, la CNMC publicó los resultados del último Panel de Hogares (correspondiente al cuarto trimestre de 2025) que confirmaron que “ocho de cada diez compradores online no pagaron por el envío de su último paquete en 2025”. ¡Ocho de cada diez! Eso no puede ser. Debemos ser conscientes de que los servicios de transporte cuestan dinero, aunque luego tu Amazon, AliExpress, Temu, Shein, El Corte Inglés, “ponga aquí la empresa en cuestión porque todas lo hacen” te lo regalen/bonifiquen por el motivo que sea. Pero urge que el servicio aparezca en la factura. Visibilizar para poner en valor el trabajo de los demás tampoco es nada muy loco. Es de justicia. Y luego ya está el extra PRO: ser adultos funcionales debería incluir ser conscientes de que si tú no pagas por un servicio es que alguien lo está pagando por ti.