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Lo que la comunidad portuaria podría hacer mejor

  • Última actualización
    01 julio 2021 13:53

Siempre he creído que hemos de fijarnos, en primer lugar, en lo que hacemos mal nosotros. En lo que cada cual puede hacer mejor.

Los puertos de aquí, allá y acullá, con sus correspondientes comunidades portuarias, andan cada vez más preocupados y dolidos por los crecientes y constantes ataques que reciben de aquellos que, a su entender, deberían estarles rotundamente agradecidos. Razones tienen para quejarse amargamente, sobre todo cuando, como está ocurriendo, los ataques están basados en demagogias o en vergonzantes mentiras. Pero... más que lamentar lo que no depende de nosotros, no estará mal que hagamos la siempre más dura labor de centrarnos en lo que realmente está en nuestra mano.

Vaya por delante que considero que las autoridades portuarias están trabajando cada vez más y mejor en la relación con su entorno. El resultado es que los ciudadanos, en general, valoran muy positivamente sus puertos. Otra cosa es que se oigan más a tres gritando que a millones callados. Por encima de ese buen trabajo hemos de fijarnos en lo que se puede hacer mejor.

Cada día estoy más convencido de que no hay nada o casi nada más importante que la comunicación. Comunicar bien, a tiempo, con la periodicidad debida en cada caso, con medio y mensaje adecuado, sigue siendo la clave.

Para adelgazar no hay más camino que comer menos y mejor y correr más y mejor. Y si no resulta, la solución no pasa por dejarlo y decir aquello de “ves como no sirve de nada”, sino comer menos y correr más. En el sector portuario venimos de la opacidad, de apostar por el ocultismo como barrera de acceso. Poco a poco se ha ido encendiendo la luz y derribando las vallas. Y los políticos aprovecharon que tenían algún dato de nuestros puertos para, como si jugaran al parchís, conocer uno y contar veinte. La principal fuente de opinión son los políticos. No hacen otra cosa que lanzar mensajes a la opinión pública, porque, sencillamente, su trabajo, o su no trabajo, depende de ello.

Eso que autoridades portuarias y Puertos del Estado canta a coro, lo de la extrema importancia de la relación puerto-ciudad o ciudad-puerto, ha de dejar paso a acciones cada vez más rotundas, concretas y persistentes de comunicación. Con la inversión en medios humanos y técnicos que sea preciso. Una inversión que, por alta que sea, siempre significará un inmenso ahorro en lo más valioso: tiempo, moral y nervios de la comunidad portuaria en general y de los responsables de autoridades portuarias en particular.  

Vamos a concretar. Por ejemplo, nos llama la atención, mucho, que, todavía, en nuestro país, cuando un puerto gasta una fortuna en una exposición o un concierto, no establezca, como primer paso, una zona donde los asistentes, los visitantes, tengan su video, panel, maqueta, díptico... sobre la historia de su puerto, sus proyectos y sus acciones reales en beneficio de su ciudad y sus ciudadanos.

El siguiente paso sería la creación de los centros de información permanente, port center o como lo quieran llamar. Una sede, un punto en el que encontrar toda la información, constantemente actualizada, relativa a todo lo que hace y planea hacer cada puerto, explicando por mil medios, maquetas, videos, dípticos, juegos, eventos... todos los efectos reales de la actividad portuaria sobre la ciudad.

Todo esto, contando con la creación de la figura del Comercial Social. Una persona o una empresa que se dedique a comunicar con la ciudad, especialmente con el entorno del puerto. Exposiciones, acciones de RSC, acciones medioambientales, encuentros permanentes con asociaciones (mejor si tienen asociados), colegios, partidos políticos... Con una periodicidad intensiva. Como si cada ciudadano fuera una gran naviera. Al fin y al cabo, el futuro de los puertos, visto lo visto, va a acabar dependiendo del vecino del barrio tanto como de las grandes navieras.

Ah... y en cada nueva terminal habrá que incluir un paseo, un mirador, para que, desde la altura, sin interferir en la actividad, puedan observase dos rotundos espectáculos, que además funcionan 24 horas al día, siete días a la semana: el mar a un lado y el trabajo de las grandes terminales al otro.