Menú
Suscripción

Lo que quedará

  • Última actualización
    17 abril 2026 05:20

Solemos caer en el error de pensar que somos más importantes de lo que somos. Sobre todo, cuando pretendemos trascender más allá de nuestro círculo más cercano, para calar en la sociedad en general. Nos preocupa el qué dirán, cómo nos ven, cómo se juzgarán nuestras acciones u omisiones, lo que han dicho, lo que han comentado unos y otros, quién ha contado un secreto, quién ha hablado de nosotros y por qué. Olvidamos una realidad tan rotunda como triste: no importamos un comino (con m) a nadie, más allá de, quizás, nuestros más allegados. Y a veces ni a esos les producimos ni frío ni calor, sino todo lo contrario. Quedar en el recuerdo, pasar a la historia y todo esto, es algo que se cuece con más seguridad entre nuestros familiares y amigos.

Los periódicos, el sector de cada cual, la sociedad... no van a sacar decimales cuando hablen de nosotros. Trayectorias tan exitosas como prolongadas, logros hercúleos, trabajo intenso y acertado, dedicación absoluta, se transforman en resultados económicos para nuestra empresa, asociación o institución, en estadísticas, en mejoras organizativas, en nuevos mercados, en innovación, en la aplicación de grandes ideas de las que se beneficiarán las generaciones futuras; pero cuando le pregunten a alguien por esta o aquel directivo, lo más normal es que todo se resuma en un par de conceptos. Era buena gente. Se lo llevó crudo. Siempre me trató muy bien. Era un corrupto. Mejoró muchísimo la forma de trabajar. Salía mucho en los periódicos por temas oscuros...

Solo si eres un pobre diablo tienes ciertas garantías de que pasarán de ti, de que, con suerte, te dejarán en paz

Nadie va a indagar nada más. Poco importa el respeto a los ausentes, a su obra, a su verdad global. Lo más normal es que nos quedemos con un par de pinceladas de cada cual, convirtiendo, normalmente, esa pincelada gris en un brochazo negro. Y ... a otra cosa. A la gente le encanta hablar mal de los demás. Sobre todo, si el prójimo ha triunfado llegando a un alto cargo o llevando adelante una exitosa empresa. Todo lo que un triunfador pueda haber cosechado de su mucho y muy bien hecho trabajo, saltará por los aires si un día sale una nota en la prensa indicando, como suele suceder, que a lo mejor, pudiera ser, que ese señor o señora resulta que tuvo un desliz. Será para siempre el del desliz.

Estos días aparecen, dentro de una moda que ha llegado para quedarse, noticias, rumores, chismorreos, dimes y diretes de directivos y directivas portuarios, que corren el riesgo de quedar como epitafio social, sin que importe nada de todo lo demás que se haya hecho. Aunque sea mucho. Aunque sea muy bueno.

No hay forma de mitigar las ganas de crítica que llevamos dentro, sobre todo hacia los que están socialmente bien posicionados. Hay que vivir con eso. Solo si eres un pobre diablo tienes ciertas garantías de que pasarán de ti, de que, con suerte, te dejarán en paz. Solo se cortan las cabezas que sobresalen.

Con los ejemplos que vivimos cada día de personas acusadas, juzgadas y ejecutadas sin opción alguna de defensa, no queda otra que recordarnos que eso de la imagen social puede ser batalla perdida para los que trabajan mucho y muy bien.

Se hace necesario reforzar la apuesta por los que tenemos más cerca, los que nos conocen mejor, los que van a saber en seguida si lo que dice el periódico de ti es verdad y si esa supuesta verdad es digna de tapar todo lo que se ha hecho bien.

A los demás no les importamos nada, o casi nada. Y casi mejor así.