El pasado viernes les decía que es muy difícil ser totalmente feliz cuando nos influye y afecta todo, incluyendo lo que les ocurre a otros, en otros puntos del país o del planeta. Hay una parte de eso de que nos afecten los demás que depende de la forma de ser de cada uno. Hay otra parte de las vidas y las actitudes ajenas que se nos meten en nuestro mundo, queramos o no. En ese capítulo, en esa obsesión por no dejar a la gente en paz, están proliferando los elementos inclasificables, obsesionado con dar por saco, día sí y día también. Ya no es una cuestión personal. No se trata de buenismo o sentimentalismos. Los destarifados exigen afectarnos, sí o sí. Si no nos afectan en el corazón lo harán en la cartera, o en la vida misma.
Estos señores de la guerra, que ya tienen absolutamente todo, exigen lo último, lo que solo estaba, hasta ahora, al alcance de los dioses... un buen fin del mundo. Y se han empeñado en conseguir eso también. Pero para todos. Invita la casa.
La caída en desgracia del derecho internacional hace que las aguas internacionales sean pura jungla
Así, con estos sueltos, secuestrando, invadiendo, queriendo comprar y vender personas y países a su capricho, no hay quien haga plan alguno, del tipo que sea. Qué nos deparará mañana el telediario. Esa es la cosa. Seguiremos viviendo en paz o bajarán las economías al ritmo que bajen los apuestos marines de los helicópteros, las bombas de los aviones o los drones y los misiles vaya usted a saber de dónde. Qué podemos hacer. Qué podemos planificar. Qué presupuesto. Qué objetivo. El mundo de la economía en general, el de la logística en particular, se está construyendo unas orejeras de acero para no ver más allá del día a día, del hoy para hoy. No hay más remedio.
Y es que los buques ya no saben qué ruta podrán tomar, ni de dónde les vendrá el peligro. Cuando se minimizan los ataques por mar de los esquifes llenos de escuálidos somalíes, se maximiza el peligro de que les caigan del cielo los fornidos Delta Force. El virus de la piratería y la caída en desgracia total del derecho internacional hace que las aguas internacionales, lejos de ser seguras como antaño, se hayan convertido en pura jungla.
El transporte internacional, como suele ocurrir en otras crisis, volverá a ser de los primeros sectores que empiece a acusar esta creciente inseguridad. No queda otra que replantearse el diseño de los buques mercantes, para construirlos todos herméticos, inabordables por tierra o por mar, o dotarlos de, al menos, diez cañones por banda. Los barcos son pequeños trozos del territorio que los abandera. Como ocurre en la naturaleza, los depredadores atacan cuando se separa la presa de su grupo. Son los mercantes el trozo de soberanía más vulnerable, por tanto, deberían ser los más respetados y los más protegidos. Un mercante navegando en alta mar debería ser sagrado.
Las opciones pasan por multiplicar las defensas o eliminar reyezuelos. Nadie se cree reyezuelo si no hay una corte de cobardes bufones riéndole las gracias y las desgracias. Empecemos por ahí, por decir, todos, no.
Ya lo dice el dicho: “Acertó un mono trompeta, a dar cierta voltereta, con primor, apláudenlo en derredor, pierde el tonto la chaveta...”