En su novela “Los intérpretes”, el nobel nigeriano Wole Soyinka relata el siguiente episodio.
Egbo, uno de los protagonistas de la obra, acaba de regresar a su localidad natal. Navega lentamente sobre una canoa, aproximándose al punto exacto del río en el que se ahogaron sus padres. De pronto, entre la bruma, caminando por el muelle de madera que rodea el manglar, divisa una silueta que le es familiar. Está convencido de que es su abuelo, aunque han pasado tantos años que no termina de creerlo. Egbo viajaba con sus padres en el barco que se hundió en mitad del río. Egbo, apenas un niño, fue rescatado en la orilla sano y salvo. Egbo quedó a cargo de una tía que le fue endosando sucesivamente a distintas familias, que en muchos aspectos lo maltrataron. No hubo nunca opción de quedar a cargo de su abuelo. Ahora, Egbo cree haberlo encontrado.
Nervioso e incrédulo, lo primero que pregunta a los remeros que lo acompañan no es que le confirmen si todavía vive, no. Como recuerda que en su momento ya tenía la vista muy dañada, su primera pregunta es: “¿Está ciego?” Ante el silencio persistente de los remeros, Egbo insiste:“¡Decidme! ¿Está ciego?”. Al final, los remeros contestan con el siguiente proverbio:
“Los guerreros llevaban escudos de cuero sobre sus pensamientos pues decían que el rey estaba ciego”.
En este momento de la historia no sabemos si Egbo prefiere que su abuelo haya o no conservado la vista. No sabemos a qué tiene más miedo Egbo, si a que no pueda verle y no pueda ser recordado, o si a que le vea y con ello broten todas las amarguras cultivadas en la distancia durante tantos años.
"No se trata de lo que el Gobierno hace o dice, sino de lo que el Gobierno piensa"
Ahora bien, los remeros lo tienen claro: uno podrá estar ciego, pero eso no significa que uno haya olvidado, y, además, lo importante no es lo que uno hace y toca, lo que importa es lo que uno sabe y piensa, algo que va más allá de los sentidos, algo que no puede borrar la ceguera, tan sólo la demencia.
Si no media una acción relámpago de última hora, en unos pocos días las constantes advertencias del sector del transporte de mercancías por carretera van a volver a cristalizar en la convocatoria de movilizaciones, devolviéndonos a la situación de julio de 2020, con la diferencia de que el Gobierno ya ha gastado todas las balas, es decir, firmar un acuerdo, crear una mesa, proponer un plan y, además, ha pasado año y medio.
A tenor de esta actitud del Gobierno, y más aún si nos adentramos en temas tan simples como el abordado la semana pasada sobre la petición de una reunión de la ministra con el CNTC (al menos el martes pasado hubo reunión de urgencia de la secretaria de Estado con el presidente del Comité), a uno le surge la misma pregunta que a Egbo: “¿Están ciegos estos del Ministerio?”Pues bien, la respuesta que podemos dar es la de los remeros, porque ojalá en el Ministerio estuvieran ciegos, ojalá el problema fuera solo que no hacen nada, pues esto no va de lo que tocamos y palpamos, de lo que se ve y se mastica. Si sólo fuera por esto, lo que el Ministerio muestra es invariablemente un puñado de buenas intenciones, candoroso y adecuado. Ahora bien, no se trata de lo que el Gobierno hace, sino de lo que el Gobierno piensa, y aquí entramos en la sublimación del globosondismo, en el subterfugio y el trampismo, en el con la boca digo una cosa y con la cabeza estoy pensando en hacer la contraria en el ámbito de la fiscalidad, combustibles, 44 t, carga y descarga... Es decir, el Ministerio podrá estar ciego o hacernos creer que está ciego pero cuerpo a tierra con sus intenciones y sus pensamientos. Por eso el sector no se cree nada, por eso suenan tambores de guerra, por eso están más que listos los escudos de cuero.