Hubo un tiempo, no tan lejano, en que la marcha de la economía en general y la logística en particular se sabía, en Valencia, echando un vistazo al solar que había al final de la avenida del puerto. No fallaba. Si había muchos camiones aparcados ahí, era muy mala señal. Si la situación se prolongaba, todos sabíamos que en breve se activaría el paquete básico de la conflictividad: algunos días de huelga, algún camión ardiendo, algún directivo saliendo del despacho en el maletero, alguna pintada altamente ofensiva ... todo ello desde el cariño, por supuesto.
Ese y otros parámetros de medición de la evolución de las empresas han cambiado sustancialmente. Hemos pasado por todo tipo de etapas. Aunque nadie lo podría creer entonces, llegaron unos años en lo que el problema no era qué hacer con los camiones, si no encontrar camiones libres. Hoy el problema es que ya no hay tanta gente buscando trabajo como trabajo buscando gente. Todo cambia demasiado. Ya no se trata de adaptarse para sobrevivir. No hay tiempo. Toca cambiar radicalmente el enfoque, la forma de pensar que siempre hemos aplicado. Los problemas serios, los que pueden acabar con una empresa logística fraguada en años y años de duro trabajo bien hecho, tienen su raíz en el inmovilismo. No nos bloqueemos echando la culpa de todo a Trump o a la IA. Hoy se hace necesario abrir la mente de par en par y aceptar que los parámetros del éxito han cambiado. Que para ser competitivo no basta con haberlo sido en el pasado. Que para acertar en el día a día no es suficiente haberlo hecho antes. Que contar los comienzos, las batallitas de los primeros años, lo mucho que se ha sufrido y todo lo que se ha sacrificado, ya no interesa a nadie y menos a la cuenta de resultados. No queda otra que estar atentos, muy atentos a los conceptos teóricos y prácticos que nos muestran cómo son las cosas hoy, como única forma de vislumbrar cómo pueden ser las cosas en el futuro inmediato.