Con la España porcina casi sin aliento por culpa de ese puñado de jabalíes que han muerto de peste, ha causado sensación el desahogo nervioso y atropellado de nuestros amados políticos, que en un alarde de veleidad forense no solo han corrido a confirmar que el primer jabalí portador de la enfermedad se contagió por comerse un bocata de embutido que portaba el virus, sino que además dicho bocata fue arrojado por la ventanilla de un camión.
Hay que reconocer que socialmente este análisis nos deja muy tranquilos, ¿verdad? Si el segundo sector alimentario con mayor exportación de nuestro país está ahora mismo paralizado ante un riesgo de destrucción masiva porque el conductor de un camión se hartó de su desayuno y alegremente lo arrojó en la primera curva por la ventanilla, no hay mucho más que hacer que reclamar civismo a los transportistas. Y asunto arreglado.
Nada han dicho los políticos de la plaga que representan los jabalíes, de su crecimiento desmesurado, de su invasión de basureros y lindes en las poblaciones, en definitiva, del riesgo sanitario que su proliferación comporta, pero claro, en este wokismo infame en el que estamos instalados es más fácil apuntar a los conductores profesionales que correr el riesgo de alterar al lobby animalista.