La posible apertura de la ruta por el Ártico se está sopesando en clave de días ahorrados en el tiempo de tránsito, combustible que no se quema o millas que se acortan.
Ni una letra sobre si no será mejor quedarnos quietos y no meter tráficos añadidos a una zona tan delicada, con un equilibrio medioambiental tan amenazado.
El Ártico ya se deteriora, por el cambio climático, a pasos agigantados. No nos necesita para tener más problemas. Él solito acabará, con el tiempo, desapareciendo como hoy lo conocemos.
Llenar la zona de buques solo ocasionará más tensión y, por tanto, mucho menos futuro. La zona está en paz, acogiendo a muy distintas especies cuya supervivencia está ya suficientemente amenazadas. No es necesario que nadie vaya allí a pisar lo fregado.
Con todo esto, el gran peligro para la zona no es el que le puedan causar los buques, ni mucho menos, lo realmente preocupante es que alguno de los niños malcriados que hay al frente de las grandes potencias insista en que eso, por el artículo 33, es suyo y de nadie más. Ahí sí tenemos un problema de dimensiones bíblicas.
El peligro de que los grandes depredadores, económicos y políticos, hayan puesto sus ojos en el Ártico conlleva, insisto, además de un gravísimo riesgo para la propia supervivencia de las especies de la zona, un peligro muchísimo mayor: un incremento de la tensión entre las “muy sensibles” grandes potencias mundiales, una llamada al conflicto y al enfrentamiento, en una de las pocas zonas del mundo que se mantiene, o se mantenía, ajena a la chulería de unos y otros.
No tenemos que habitar todo lo habitable ni navegar todo lo navegable
Abrir nuevas rutas marítimas por el Ártico significa que las mercancías podrán llegar unos diez días antes a los mercados. Mercancías y mercados, esa parece ser la clave de todo el esquema del capitalismo. Comprar y vender más y más. Moverlo todo más rápido. Entregarlo antes. Nadie puede esperar. El deseo del consumidor es insaciable, y exige tener la última chorrada en casa lo antes posible, caiga el oso polar que caiga, se genere la guerra que se genere. Que uno ya no puede vivir sin que le traigan ya, ahora, el imprescindible peine que peina por los dos lados o el muy necesario bolígrafo de 10 colores.
La logística debería tener una parte, pequeña, grande o mediana, de lógica. De sentido común. Está claro que si no voy yo irá mi competencia. Es obvio que, para determinar moderar el progreso, ponerle cercas al campo, ha de haber un acuerdo entre empresas, entre países, entre todos.
Está claro que eso es cada vez una utopía. Y, por tanto ... tonto el último. Pero, aunque solo sea a nivel particular, todos debemos reflexionar sobre si podemos esperar unos días más para tener el último “pongo”, el penúltimo bolso o el imprescindible botijo.
Seguramente todo puede esperar, salvo lo de cuidar el planeta y mantenerlo en justa paz.
Es cierto que el progreso no puede pararse. Que las empresas no pueden elegir su tamaño de supervivencia. Todo eso lo dicta el todopoderoso dios mercado. A no ser que se le ponga lógica a la logística y se establezca un cierto orden de prioridades.
No tenemos que habitar todo lo habitable ni navegar todo lo navegable. Si no respetamos los hielos árticos, si no los dejamos en paz, si no colaboramos en que no se derritan, en unos años podremos navegar en línea recta, con unos tiempos de tránsito mínimos.
El único problema es que no habrá tierra alguna en la que atracar los buques.
Todo será agua.