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Ormuz, guerra y memoria

  • Última actualización
    09 marzo 2026 16:17

Hay fechas que se quedan grabadas a fuego en la memoria. Todos recordamos dónde estábamos cuando ocurrió una noticia que detuvo el mundo en un segundo. En mi caso, y aún no sé muy bien por qué, una de esas fechas es el 2 de agosto de 1990. Será porque aquel día cruzaba el Canal de la Mancha en un ferri de P&O de Dover a Calais, de regreso a casa tras un tórrido julio recolectando fresas en la campiña de Norfolk. En uno de los televisores del barco, la BBC interrumpió su programación habitual. Irak había invadido Kuwait. Saddam Hussein activó una operación que meses más tarde dio lugar a la Guerra del Golfo y a la llamada Operación Tormenta del Desierto.

Han pasado 36 años y, si miramos el mapa, da la sensación de que no hemos aprendido demasiado. Oriente Medio sigue siendo un avispero que, en cuanto se agita un poco, acaba picando a medio planeta. Eso sí, al menos los conflictos sirven para refrescar los conocimientos de geografía. Hemos vuelto a familiarizarnos con nombres como Mar Rojo, Canal de Suez, Golfo de Adén... Incluso algunos saben situar el estrecho de Bab al-Mandab, ese paso estratégico donde los hutíes han mantenido en jaque al tráfico marítimo internacional.

“Gracias” a ellos hemos redescubierto el Cabo de Buena Esperanza, convertido en alternativa obligada para muchos buques que han tenido que rodear África para evitar el Mar Rojo. Ahora el punto caliente se desplaza unos cientos de millas más al este. El nuevo nombre que suena con inquietante insistencia es el estrecho de Ormuz. La industria marítima hace sus cálculos. Analistas y operadores logísticos advierten de desvíos de rutas, de cambios en los hubs de transbordo en Oriente Medio y de reajustes en las líneas marítimas. Las navieras estudian alternativas, los puertos ven oportunidades y las cadenas logísticas vuelven a prepararse para otra prueba más de estrés. Más millas navegadas suponen más combustible, más días de tránsito y más costes. Y tarde o temprano ese aumento acaba trasladándose al precio de los fletes, al coste del transporte y, en última instancia, al bolsillo de todos cuando repostamos en la gasolinera o compramos cualquier producto que haya viajado en barco.

Nada tiene sentido si olvidamos que detrás de cada barco hay personas

La logística global es un sistema extremadamente sensible. Basta mover una pieza para que todo el engranaje se desajuste. Pero por encima de todos esos cálculos hay algo que debe importar mucho más: las personas. El secretario general de la OMI, Arsenio Domínguez, lo recordaba tras el ataque mortal contra un buque en el estrecho de Ormuz el 6 de marzo. Al menos cuatro marinos murieron y otros tres resultaron heridos graves. “La gente de mar no debe ser blanco de ataques”, afirmó. Puede parecer una obviedad, pero en tiempos de guerra conviene repetirlo. Según la OMI, unos 20.000 marinos permanecen a bordo de buques en el Golfo Pérsico en condiciones de alto riesgo, sometidos además a una enorme presión psicológica. Son hombres y mujeres que siguen trabajando mientras el mundo debate sobre geopolítica, energía o comercio internacional. No figuran en las estadísticas de tráfico, pero son quienes mantienen funcionando el sistema. Por eso, cuando hablamos de Ormuz, de rutas desviadas o de cadenas logísticas tensionadas, conviene no perder el foco. La logística es importante. El comercio mundial también. Pero nada de eso tiene sentido si olvidamos que detrás de cada barco hay personas.

En aquel ferri de P&O el 2 de agosto de 1990 nadie sabíamos qué vendría después. Hoy tampoco. Pero al menos sí deberíamos tener claro algo: antes que rutas, mercancías o precios del combustible, lo primero que hay que proteger en el mar sigue siendo lo mismo de siempre: la vida de la gente de mar.