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Panamá mide la fiebre del poder

  • Última actualización
    28 abril 2026 11:40

Confieso que, ante el Canal de Panamá, uno se queda sin palabras... y eso, en este oficio mío, no es conveniente. Ver cómo un buque asciende lentamente por las esclusas, sentir el agua empujando millones de toneladas de acero hacia arriba o hacia abajo, es participar en una coreografía de tal precisión que roza el milagro. Hay un instante breve, casi fugaz, en el que parece que el océano Atlántico y el océano Pacífico se dan la mano, como si el globo terráqueo se hubiese plegado sobre sí mismo para facilitar el tránsito del comercio global.

Allí, en ese escenario, cuesta imaginar que bajo esa aparente calma operativa se esté librando una de las batallas geopolíticas más intensas del planeta. Pero lo está. Y se nota. El Canal de Panamá cumple este año una década de su ampliación, y lo hace en un contexto que poco tiene que ver con el de 2016. Entonces era una proeza de ingeniería al servicio del comercio.

Hoy sigue siéndolo, pero también es un tablero donde se mueven fichas mucho más pesadas: Estados Unidos, China (y, en la sombra, Rusia) disputan algo más que rutas marítimas. Disputan influencia, control y, en última instancia, poder. Panamá lo sabe. Estados Unidos también. No en vano, ambos países han intensificado incluso sus maniobras militares conjuntas para proteger la infraestructura. Más que un gesto simbólico es una declaración de intenciones. El Canal de Panamá no es solo una vía de paso, sino un activo estratégico de primer orden. Quien lo controla o influye decisivamente en él condiciona buena parte del comercio mundial.

El Canal de Panamá es un termómetro del poder global

La historia también pesa. Durante casi un siglo, Estados Unidos gestionó el Canal hasta su traspaso el 1 de enero de 2000, fruto del tratado firmado por Omar Torrijos y Jimmy Carter. Desde entonces, Panamá ha ejercido una gestión ejemplar, profesional y eficiente. De hecho, como subrayaba el viernes en estas páginas Nicolás Solano, directivo de la Autoridad del Canal, existe la convicción de que “el Canal seguirá siendo una vía fiable y abierta en un entorno global incierto”. Pero la realidad se empeña en tensar ese optimismo.

El conflicto en torno a las concesiones portuarias de Balboa y Colón es el mejor ejemplo. La anulación de las concesiones a Panama Ports Company, filial del grupo hongkonés CK Hutchison, ha desatado un pulso de enorme calado. La compañía denuncia una “toma ilegal de los puertos” y acusa al Estado panameño de vulnerar el marco jurídico y el Estado de Derecho, llegando incluso a señalar la “invasión y toma de bienes” como parte de una actuación irregular . Panamá, por su parte, defiende su soberanía y la legalidad de sus decisiones. El arbitraje internacional ya está en marcha. Y será largo.

Mientras tanto, el control transitorio de las terminales por parte de actores como Maersk o TiL (MSC) añade otra capa de complejidad. Porque cada movimiento tiene lectura estratégica. Y en medio de todo, las palabras. Donald Trump lo dejó claro al inicio de su segundo mandato: “Mi administración va a recuperar el Canal de Panamá”. Puede sonar a retórica, pero en geopolítica las palabras suelen preceder a los hechos. Con una guerra en Irán en stand-by y un tercer intento de asesinato, felizmente frustrado, puede que Panamá no sea en estos precisos instantes una prioridad para Trump. O tal vez sí. Sólo él lo sabe. Lo paradójico es que, estando allí, nada de eso se percibe a simple vista. El Canal de Panamá funciona. Los buques transitan. La maquinaria no se detiene y la normalidad es casi absoluta. Una normalidad que podría ser engañosa. El Canal de Panamá vuelve a ser lo que siempre ha sido. Mucho más que una obra de ingeniería es un termómetro del poder global. Y ahora mismo, marca fiebre. Aunque sean unas décimas. De momento...