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Pasa un avión

Supongo que a todos nos invade la misma sensación de navegar por un océano desconocido y tenebroso en medio de la tempestad; a oscuras, sin carta de navegación ni radar,  tratando de atisbar entre la espesura de la niebla la intermitente luz del faro que nos aleje de los acantilados contra los que tememos abalanzarnos sin remedio.

  • Última actualización
    06 abril 2020 15:12

Perdidos y sin rumbo, buscamos con desesperación alguna señal que nos insufle esperanza. Eso es. Necesitamos doblar el Cabo de Buena Esperanza, como hicieran Bartolomé Díaz o Vasco de Gama, para saber que al otro lado del cabo, se puede seguir navegando hacia el Este,  hacia donde haga falta, pero seguir navegando hacia un puerto de refugio, una rada tranquila, con el barco y la tripulación a salvo. 

Estos días de confinamiento nos están poniendo a prueba, tanto en nuestro plano individual como familiar, laboral y social. También están poniendo a prueba nuestra capacidad de tolerancia a la frustración, de aceptar la  realidad tal y como viene y de adaptarnos a un escenario nuevo e inquietante. Todo eso que llaman resiliencia y que estamos aprendiendo ahora de golpe, sin teoría pero con mucha práctica.  Porque no hay mejor aprendizaje que la experiencia. En propia carne. 

Sin embargo, desde la resistencia, que es como siempre hemos llamado a la capacidad de resistir, antes de que los gurús pusieran de moda la resiliencia, tampoco encontramos ahora demasiados argumentos para el optimismo. Ahora que los medios de comunicación ocupan sus espacios con el tema único, los gurús tienen carta libre para escupir al aire sus pronósticos sobre el mundo que vendrá. 

El mundo que viene, dicen, no será el mismo. Será diferente. Como si ya no lo supiéramos... Lo que quieren decir, en definitiva, estos gurús, es que el mundo será peor que el que dejamos atrás. Pero se equivocan. ¡Qué saben estos augures de pega lo que ocurrirá cuando todo esto acabe, cuando volvamos a recobrar el ánimo y salgamos a la calle a vivir nuestras vidas!. Quisiera que así fuera y me niego a dar pábulo a estos funambulistas de la palabra que aprovechan el fino alambre sobre el que nos tambaleamos para  lanzar sus sombríos augurios. Ahora más que nunca es preciso defender la fuerza del optimismo para superar la situación. Debemos ser optimistas, a la fuerza. Aunque nos cueste.

El sector de la logística y el transporte, que está demostrando su enorme valía en esta crisis, tiene sobrados motivos para ser optimista y será uno de los pocos que salga reforzado. Precisamente por ello, es necesario que sepa capitalizar todo el afecto y el reconocimiento que está recibiendo estos días por parte de la ciudadanía y que en consecuencia sepa también gestionar con responsabilidad su éxito en sus futuras relaciones con la Administración.

En estos días que salimos a las ventanas y balcones de nuestras casas a aplaudir y a mirarnos los unos a los otros, y también a nuestro propio interior, alzamos la vista al cielo en busca de un avión que, a falta de viajeros, sabemos trae en su bodega la esperanza para tantos enfermos y profesionales sanitarios que luchan por la vida. Y no puedo por menos que recordar a Luis Eduardo Aute: 

“Una locutora en el televisor

Se disculpa por la interrupción.

De repente se deja de oír su voz

Y a la imagen se le va el color.

Se produce en el instante un apagón

Y la calle es un gran descontrol.

Me susurras: `Mira, como en Nueva York...Tengo ganas de hacer el amor`.

Y en eso pasa un avión,

Pasa un avión... 

Y pasa un avión”