En este ambiente, casi etílico, de luces, musiquitas, buenos deseos, besos y abrazos, toca recordar. Recordar, por ejemplo, que la felicidad es muy fácil, o menos difícil, para los que solo se preocupan del yo, mí, me, conmigo. Nada que objetar. Si pueden hacerlo, no desperdicien esa suerte y sean muy felices.
Cuando se abre un poco el objetivo, partiendo de la suerte y la felicidad propia, y se contempla a la familia, a los amigos del sector, a los amigos en general, a España, Europa o el mundo... resulta rotundamente imposible ser felices, al menos del todo.
No se puede celebrar todo tal y como te marcan los especiales de televisión y los anuncios de colonia, si ves entre anuncio y anuncio las bombas cayendo sobre Kiev o los bebés muriendo de frío en Gaza. Si ves al atajo de desalmados que gobiernan el mundo, mientras el mundo observa indiferente la retransmisión en directo de sus crímenes y atrocidades.
En estos días tenemos celebraciones cada día. Si no una cosa... otra. Celebramos, en muchos casos, sin saber del todo qué se celebra. Mis admirados cristianos saben qué es y qué significa la Navidad. Los demás... comen y beben y beben y vuelven a beber. Y compran. Obligatoriamente. No pueden volver a casa, de ningún modo, sin haber comprado todo aquello que nadie necesita. Porque así se ha hecho siempre. Más allá de credos y creencias, todos deberían tener un punto de celebración común, un punto de rezo, de agradecimiento, de reflexión: valorar lo que se tiene, a cada instante, siempre.
El vivir bien no es algo que se haya ganado, nadie, por sí solo. Los que más nos hemos esforzado, los que de más abajo partimos, los que lo hemos tenido más difícil... no hubiéramos conseguido nada sin la suerte.
No podemos remediar las desgracias pasadas, pero sí volver a subrayar la importancia de valorar lo que tenemos
Y la suerte puede cambiar. De repente. En un instante. Y darte donde más te duela. Cuando no te lo esperas. La desgracia también puede ser para los afortunados. Unas vacaciones ideales pueden convertirse en una tragedia infinita. Que te toque el gordo de Navidad ... puede acabar con la paz y la concordia de todo un pueblo. Los premios se pueden convertir en desgracias, los sueños en pesadillas. De todo esto tenemos ejemplos en los medios de comunicación estos días.
No podemos remediar las desgracias pasadas, pero sí volver a subrayar la importancia de valorar lo que tenemos. Esas deben ser las tablas del naufragio, ajeno o propio, a las que nos agarremos.
En 2026 seguiremos, desde el minuto uno, luchando como fieras por defender nuestro pan y nuestra sal. La nuestra y la de nuestra gente. Muy santo y muy sabio, siempre que no dejemos de dar gracias, cada cual, a su dios o su suerte, por tantas y tantas cosas. Si así se hace, avanzaremos un poco más hacia ese bálsamo calmante: la relativización. Todo es relativo. Menos la salud y la muerte.
No hay fórmula para alcanzar la felicidad total, cuando, como decimos, nos importa el dolor de los demás. Lo único que podemos hacer es recorrer el camino teniendo como meta el propio camino, elegir cómo caminamos, con quién, hacia dónde y por qué, dando siempre un paso hacia nosotros y otro hacia los demás. Dando las gracias a cada instante por poder seguir caminando así.
En este 2026 que ayer inauguramos espero que el inmenso dolor de unos se mitigue lo antes posible, que la alegría de otros se acreciente y perpetúe, y que mis tres familias, incluyendo la del sector y la de Grupo Diario, tengan, sobre todo, salud.