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Phileas Fogg hace transbordo en Singapur

  • Última actualización
    02 febrero 2026 15:59

Cuando en 1872 Phileas Fogg apostó que podía dar la vuelta al mundo en 80 días, el planeta parecía por fin domesticable. El Canal de Suez acababa de abrirse, los ferrocarriles cosían ya continentes y los horarios daban una sensación victoriana de británica puntualidad en la que el mundo parecía funcionar como un mecanismo preciso. “La vuelta al mundo en 80 días” se publicó en ese clima de fe casi ciega en el progreso, cuando viajar dejaba de ser una aventura incierta para convertirse en un reto de planificación.

Y no es casualidad. Julio Verne no solo era novelista: tenía mentalidad logística. Creció en Nantes, puerto abierto al mundo, rodeado de barcos, muelles y mercancías que iban y venían de destinos lejanos. Amaba el mar, navegó en su propio yate de vapor y entendía como pocos la importancia de las infraestructuras, los tiempos y las conexiones. Viéndolo con ojos de hoy, Verne habría sido un excelente transitario: obsesionado con las rutas, atento a los cuellos de botella y convencido de que un viaje solo es posible si el sistema que lo sostiene funciona.

Por eso el periplo de Fogg resulta tan verosímil. Se apoya en tres grandes revoluciones del transporte: el ferrocarril transcontinental estadounidense, la apertura de Suez y el túnel del Mont Cenis. El mundo, pensó Verne, podía recorrerse como un horario bien calculado con la ayuda de la guía Bradshaw, el gran manual ferroviario de la época.

En ese itinerario milimétrico aparece Singapur como pieza funcional del engranaje. Fogg no tenía previsto detenerse allí, pero el trayecto le impuso la parada. A bordo del vapor “Rangoon”, en la travesía entre Calcuta y Hong Kong, Singapur se cruzó en su camino como una necesidad operativa. Ya entonces era la puerta a Asia, un puerto de tránsit0 estratégico en el que convergían rutas, imperios y mercancías.

Singapur refuerza su centralidad marítima, no porque produzca más, sino porque redistribuye mejor

Ese detalle aparentemente menor sirve como metáfora del presente. Hoy las cadenas logísticas globales ya no se redibujan buscando únicamente eficiencia, sino también protección. Aranceles, sanciones, guerras comerciales y conflictos abiertos no detienen el comercio mundial, sino que lo obligan a desviarse. Las rutas ya no persiguen el camino más corto, sino el menos problemático. Los acuerdos comerciales recientes de la Unión Europea con Mercosur o con India amplían mercados, pero también fomentan nuevas triangulaciones, cambios de origen y rodeos cuidadosamente diseñados.

El resultado es una nueva arquitectura de las cadenas de suministro: más compleja, menos lineal y mucho más dependiente de grandes nodos capaces de absorber incertidumbre. Y ahí Singapur vuelve a ocupar un lugar central. No porque produzca más, sino porque redistribuye mejor. Las alianzas navieras concentran allí el tráfico. Parte de la carga china se canaliza hacia el Sudeste Asiático e India. Exportadores estadounidenses redirigen flujos para reducir exposición arancelaria. El puerto funciona como aliado de un comercio mundial que ya no confía en las rutas rectas.

Los datos más recientes de tráfico de mercancías y de escalas de buques en Singapur confirman ese auge, que se confirma como el síntoma de que cuanto más nervioso está el mundo, más imprescindible se vuelve este hub asiático. Phileas Fogg no eligió parar en Singapur. El viaje se lo impuso. Hoy ocurre lo mismo. El comercio mundial no planea pasar siempre por allí, pero los aranceles, la geopolítica y los conflictos hacen el resto. Como habría entendido perfectamente Julio Verne, cuando el mundo se complica, no se detiene: se reorganiza. Y casi siempre acaba haciendo escala en los mismos puertos.