Supongo, y apostaría por ello, que en cada puerto hay un gestor encargado de remozar, adecentar, modernizar el entorno de cada enclave. El otro día le tocó al responsable de la Marina de Valencia contarnos, en el Propeller, todo lo que tiene planificado para la zona que el puerto ha ido cediendo a la ciudad. Donde antes había atraques y alguna grúa, carga y descarga de mercancías o pasajeros, ahora hay... de todo. Y parece que la planificación prevé que ahí haya... de todo. Formación, startups, ocio, cultura, náutica, atracción de talento... Hay, además, planes de construir algunos nuevos edificios para diversas utilidades, que tendrán unos precios de alquiler especialmente elevados, como corresponde, supongo, a su inmejorable ubicación. Los nuevos gestores de la Marina de Valencia, vaya por delante, cuentan con la renovada confianza de todos para que, al fin, consigan dar a la zona el esplendor que le corresponde. Mis observaciones nada tienen que ver con las empresas que ahora tienen esa muy ilusionante responsabilidad. Tienen que ver con la vieja costumbre de construir edificios nuevos antes de que se afronte la correcta gestión y utilización de los ya existentes. Cuánto más se construyen nuevos edificios junto a o delante de los ya existentes, más riesgo se corre de condenar a esas construcciones históricas, poco o nada utilizadas, a que sean cada vez menos usadas. No digo menos mantenidas, porque, siguiendo también la ley de afrontar lo que es fácil y no lo que se debe hacer, a los tinglados 4 y 5 se les lava la cara cada cierto tiempo, con importante inversión económica, para... volverlos a dejar en su letargo permanente. Y es que es más difícil gestionar un uso adecuado para ellos que dejarlos como nido de palomas y receptáculo de sus excrementos. Triste final para estas majestuosos construcciones, con más de un siglo de historia, pero... es lo que hay.