Menú
Suscripción

Reparten cartas nuevas

  • Última actualización
    26 junio 2026 05:20

El universo de los recursos humanos ha evolucionado de forma rotunda. La novedad que lo está cambiando todo es que, por primera vez, hay, en determinados y crecientes sectores, más trabajo que trabajadores. Atrás quedan los tiempos en los que primero se empezaba a trabajar y luego, ya si eso, te decían lo que ibas a cobrar y en qué condiciones. Si alguien, en una entrevista de trabajo, preguntaba por el horario y/o la retribución, compraba boletos para que no le llamaran, solo por eso.

Ahora, en una entrevista de trabajo, de conductor o camarero, por ejemplo, está más nervioso el empresario que el trabajador. Ya no ha de enamorar el candidato al contratante. Ha de ser algo recíproco. Así, tanto pregunta el que ofrece trabajo como el que se postula.

Es cierto que han cambiado muchas cosas en eso de ofrecer o pedir trabajo, pero hay algo que es como ha sido siempre. El empresario contrata a quien le interesa. El trabajador se mantiene en su puesto porque cree que eso le conviene, salvo romanticismos y cariños surgidos del roce de años, que haberlos haylos.

Por tanto, para que un trabajador no se vaya de tu empresa, no coja bajas ficticias, no se ausente más de la cuenta o no baje su productividad hasta el fondo del mar, no hay más fórmula que la que ha imperado siempre entre empresa y trabajador: la relación se mantiene si a ambos les interesa.

Si el líder se distrae con otras actividades, viajes y reuniones, y descuida interesarse por el cliente interno, puede que esté abocado a dejarlo todo, de golpe, para apagar el fuego que le supondrá el vacío en determinados puestos.

A cualquier queja hay que añadir la autocrítica si de verdad se quieren soluciones

Ya sabemos que hace tiempo la figura más importante en la empresa era el director general. Luego, en muchas de ellas, la estrella pasó a ser el director comercial. Hoy en día, puede que el que más peso específico tenga sea el director de recursos humanos. Su labor se ha trufado de inmensas nuevas dificultades. A la falta de mano de obra se suma la multifunción que se les encomienda. Han de ser compañeros, sicólogos, confesores, jefes, amigos, apoyo, sustento, animadores...

No es tarea que sobreviva a análisis superficiales. Ni todos los empresarios son mala gente ni todos los trabajadores, unos vagos sinvergüenzas. A cualquier queja hay que añadir la autocrítica si de verdad se quieren soluciones.

Por ejemplo, esa queja tan de moda del absentismo creciente debe ir acompañada de una reflexión sobre qué se está haciendo mal en mi empresa para que esto ocurra. Al igual que quien se tira años hablando mal de su empresa y de lo infravalorado que está, debería analizar por qué no ha buscado o encontrado ya algo mejor. Y si no lo ha hecho, por qué no deja ya de hablar pestes de quien le da de comer.

En este panorama de falta de mano de obra en general y de talento en particular, llama la atención que el colectivo de trabajadores de cierta edad tenga tanta dificultad para encontrar trabajo. La repuesta es sencilla: no interesan.

Desde el punto de vista del empresario, contratar gente con cierta experiencia no parece que les parezca una buena idea... por experiencia. Hay de todo, por supuesto, pero con el tiempo los profesionales experimentados solemos evolucionar en cierta rigidez insuperable. Aunque lo nieguen hasta la saciedad, con los años, como decía Leo Harlem, se desarrolla el síndrome del azulejo: cuesta más doblarlos que romperlos.

Reparten cartas nuevas en esto de las relaciones laborales. Toca barajar de nuevo. Cada día.