Salvo hecatombe sectorial de desbordantes incongruencias e indignantes matices que fuercen a mis principios logísticos más esenciales a saltar a la palestra y dictar un posicionamiento público desde mi consustancial desconcierto, quien les habla no tiene previsto volver a asomar las orejas por cuestiones editoriales y del calendario hasta que 2026 no nos haya dicho buenos días. En cualquier caso, no desesperen, pues regresaré con las fuerzas tanto o más renovadas, ya que para entonces este bendito sector y este bendito mundo seguirán sumidos en las mismas fosas de incertidumbre y, lo más importante, el lenguaje como herramienta insustituible me habrá sido dotado de aún si cabe mayor ortodoxia porque desde hace escasos días la palabra “marcianada” ya forma parte del Diccionario de la Real Academia, un vocablo que me representa desde esta atalaya donde tantas cosas logísticas que se observan resultan a menudo “raras, extravagantes o disparatadas”. Si ya lo hacíamos desde los orígenes con singular delectación, ahora con mayor razón seguiremos alertando de las marcianadas, sin dejar de lado el “palmiespaldismo”, el “ojiplatismo” y tantos otros neologismos que se nos escapan por las costuras. Quién sabe si la RAE algún días los bendecirá. ¡Feliz Navidad!