No hay ya acto logístico que se precie en el transcurso del cual no se le termine endiñando al participante una bolsa de esas de tela serigrafiadas que, a tenor de lo que encierran, he llegado al convencimiento de que se han convertido en un fin en sí mismo. Da igual lo que contengan... pues no hay más que ver lo que contienen, de tal forma que se demuestra que los jefes de Marketing consideran que hoy en día su nirvana se alcanza cuando todo el mundo sale del acto con la bolsita dichosa,por cierto, bautizada con un nombre de impecable correspondencia inglesa pero de una cursilería insoportable: tote bag. Tanto o más insoportable que esa sensación de que las dichosas bolsitas parecen sólidas y reutilizables y nos resistimos a tirarlas y se acumulan inútiles por todos los rincones en una invasión desasosegante pues su diseño, tan estrecho y tan plano, hace que en ellas no quepa nada... pero hay que poner buena cara. Hace un mes, en una conocida multinacional, me rogaron que aguardara pues querían agasajarme con algo de merchandising. ¿El premio? Una tote bag con... un simple bolígrafo publicitario exactamente igual con el que me habían visto anotar entera la entrevista, pero con distinto logo. En fin, que me querían colocar la bolsa. Claro que, días más tarde, en la inauguración de la nueva nave de un pujante operador, obsequiaron al personal con la pertinente bolsita de tela, que hubiera jurado que estaba vacía, pero cuando rebusqué me encontré al fondo un minúsculo localizador bluetooth: “Es para las llaves”, me dijo un compañero. “Y un cuerno”, pensé: esto es el jefe de Marketing, que no quiere que se me pierda la tote bag...