Madrid debería haber amanecido el lunes con el cielo límpido, si acaso con algunos cirros de esos que nunca se sabe dónde empiezan y dónde terminan. No obstante, el cielo celebró que ese día daba comienzo el invierno meteorológico, que es otro invento de esos modernos por los cuales los meteorólogos buscan sacarnos de nuestras casillas para intentar explicarse por qué cada vez intentan afinar más sus predicciones y, por tanto, cada vez aciertan menos.
Parece ser que ya no hay que esperar al 21 de diciembre. Parece ser que para Roberto Brasero desde el día 1 ya es invierno, lo cual no deja de ser un absurdo, pues para los que la predicción del tiempo se resume cada mañana en mirar por la ventana y a veces ni eso, sabemos en carne propia y de buena tinta que en esta ciudad el invierno se nos despeñó sobre la calva hace ya más de dos semanas y desde entonces no hay duda de que hay que salir de casa con abrigo, gorro y la rasqueta para la escarcha.
Lo dicho. El lunes el cielo debería haber estado límpido, pero de camino a Tórtola de Henares, puesta la vista al frente uno no podía dejar de pensar en Marcos Llorente y en sus teorías de la conspiración. Con el campo de vuelo de Madrid-Barajas en plena ebullición mañanera, se entrecruzaban en el cielo cien mil estelas, blancas y densas, como si los aviones tejieran las nubes. Si en el suelo estábamos bajo cero, no quiero ni pensar cómo andarían las temperaturas a esas altitudes devorando el dióxido de carbono de los motores para convertirlo en agua y hielo.
De regreso a Madrid seguían desaforados los telares aeronáuticos
Ahora bien, no conviene despistarse en la carretera mirando el cielo, pues los camiones no pasan la “rasqueta” por encima de los tráileres y a esas horas de la mañana van escupiendo placas de hielo que se desprenden traicioneras y estallan contra el asfalto en mil cristales. La condensación también opera a ras de suelo.
Al cruzar bajo el puente de Miralcampo y trazar la frontera entre Madrid y Guadalajara, el fenómeno se hace aún más evidente pues un Londres decimonónico y albo se despliega en el Corredor del Henares con las chimeneas enhiestas de fábricas e industrias, que expulsan al infinito columnas pétreas de nubes de algodón que también comprueban la dureza de este invierno y la cara visible de las emisiones.
Ahora bien, esa industria necesaria al costado de la A-2 no es más que una anécdota a la que se van los ojos por la altura de sus respiraderos, pero en la base lo que bulle incontestable, lo que se condensa y materializa de manera apabullante son esas paredes infinitas abiertas del frenesí de la logística, que nacen frente al Centro de Carga Aérea de Madrid y que se suceden sin fin en esa letanía del progreso logístico que se recita así: Barajas, Coslada, San Fernando, Torrejón, Alcalá, Camarma, Meco, Azuqueca, Alovera, Cabanillas del Campo, Marchamalo, Guadalajara, Torija... y ahora, además, Tórtola de Henares, incorporada desde el lunes al mapa logístico nacional de la mano de Pulsar Properties y su nuevo parque logístico de más de medio millón de metros cuadrados, donde ID Logistics puso la primera piedra de su nuevo “Campus de Innovación Logística”, en un acto en el que Emiliano García Page realizó un breve discurso (a Dios gracias) y lanzó una reflexión demoledora a cuenta de las demandas en la agilización de los trámites para la puesta a disposición de suelo logístico, proceso lento, enrevesado y excesivamente garantista por culpa de la “corrupción” que reina y sigue reinando en España. Así de claro lo dijo Page.
En fin. De regreso a Madrid seguían desaforados los telares aeronáuticos y pensé, querido Marcos, a luz de lo que brota en este bendito Corredor, que si con algo nos fumigan desde allá arriba es, sin duda, con logística.