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UE-Mercosur o cuando la globalización entra por el estómago

  • Última actualización
    20 enero 2026 05:20

Con la firma del acuerdo UE-Mercosur este pasado sábado en Asunción (Paraguay), el Atlántico se ha encogido. No geográficamente, claro, porque la placa tectónica Sudamericana sigue en su sitio. Pero en términos comerciales, logísticos y alimentarios, el acuerdo UE-Mercosur equivale a un terremoto de intensidad aún por determinar, que hace que países como Brasil y Argentina estén un poco más cerca de nuestros supermercados y de nuestras mesas.

Y eso tiene implicaciones directas para España, especialmente en sectores como la logística, el transporte, los puertos... y también para nuestros agricultores y ganaderos. Porque, con aranceles reducidos y menos trabas, la carne argentina o brasileña llegará más fácilmente a los lineales de nuestros supermercados y a las mesas de nuestros restaurantes. Argentina, con sus pampas fértiles y zonas como Córdoba o Santa Fe, produce cortes famosos como el bife de chorizo, el ojo de bife o el asado. Brasil, primer exportador mundial de carne vacuna, suma a la oferta piezas como la picanha o el contrafilé, criadas en regiones como Maranhão, Tocantins o Piauí. Y toda esta carne de primera calidad, no lo olvidemos, se podrá vender en Europa a precios más bajos que muchas carnes españolas, incluso con los costes de transporte incluidos.

¿Qué cómo esto es posible? Porque el modelo sudamericano se basa en extensas explotaciones de pasto natural, con costes de producción significativamente más bajos. Y porque la logística moderna, con cadenas integradas de camiones, trenes, barcos y puertos eficaces, puede hacer que un bife desde Rosario llegue en un tiempo razonable, y más barato a Bilbao, que un chuletón desde Karrantza, llegado el caso.

La logística moderna obra el milagro de que nos cueste menos un bife argentino que un chuletón de Rubia Gallega

Esta posibilidad, inquieta, con razón, al campo español y europeo. Las protestas y tractoradas de los últimos días no son casualidad. Francia, España o Alemania han visto cómo sus productores sienten amenazada su competitividad por una apertura comercial que no siempre viene acompañada de reciprocidad en los estándares. Porque no se trata solo de precios, sino también de trazabilidad y de sostenibilidad. ¿Sabremos de verdad de dónde viene cada pieza de carne? ¿Se cumple en el Amazonas con las normativas que sí exigimos aquí? Y en sanidad alimentaria ¿hay garantías iguales en ambas zonas?

Mientras Europa exige certificados, controles veterinarios y normas medioambientales a rajatabla, en partes del Mercosur estas prácticas todavía son irregulares. Esa asimetría puede convertirse en ventaja competitiva... o en amenaza para el consumidor europeo.

Desde el punto de vista de la logística, el acuerdo representa una oportunidad clara. Más tráfico portuario, más rutas de mercancías, más necesidad de profesionales, barcos, hubs, almacenes y servicios logísticos integrados. Puertos como Algeciras, Valencia, Bilbao o Barcelona tienen mucho que ganar. Igual que las navieras y operadoras europeas que puedan intermediar en el tráfico transatlántico.

Pero como en todo equilibrio comercial, lo que beneficia a un sector puede perjudicar a otro. Easy come, easy go. Lo que viene barato, puede hacer mucho daño. Dentro de poco, quizás pidamos menos chuletón de Villagodio o entrecot de rubia gallega y más bife argentino o picanha brasileña. Tal vez acompañados de un Malbec de Mendoza, en vez de un Rioja o Ribera.

Y si eso ocurre, será porque la logística, esa red invisible de barcos, trenes y camiones, lo ha hecho posible. En nuestros días, la globalización no entra ya únicamente por los puertos. Entra también por el estómago. Buen provecho.