En este sector tan inmenso y tan cercano en el que todos nos conocemos, suricatos incluidos, es fascinante constatar, en el transcurso del diálogo sincero y franco, cómo se sucede el consenso de unos y otros a la hora de valorar las impresiones que nos suscitan determinados terceros.
No me censuren el comadreo. Ya sé que nunca es bueno en exceso, pero es sano buscar referencias en torno a las sensaciones que otros perciben sobre determinados interlocutores, más si cabe cuando se trata de responsables públicos. Con prudencia uno intenta contrastar si lo que uno capta, si como a uno le tratan, es general, anecdótico o una cuestión personal, amén de intentar contar con una foto real que discrimine prejuicios y/o clichés.
Lo más fascinante es cuando con timidez muestras y te muestran la percepción de alguien y surge la comunión de impresiones, letal cuando es negativa, rendida cuando es positiva.
El examen del gestor público es diario y lo exigente es que los “examinadores” conforman un claustro implacable y muy bien engrasado.
