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¿Y si Fu Manchú ha vuelto?

  • Última actualización
    14 julio 2026 05:20

Era mediados de los setenta. Cada agosto, en el pueblo donde veraneaba, había una cita ineludible: la sesión de tarde del viejo cine. Una modesta sala, con las paredes y el techo desconchados y unas butacas tan desgastadas como los fotogramas que daban vida a la pantalla mostrando pistoleros, sheriffs, indios, piratas, héroes y villanos de toda condición que moldeaban nuestra infantil conciencia maniquea. Y, de vez en cuando, irrumpía un personaje enigmático e inquietante: el doctor Fu Manchú.

Muchos años después, al regresar de otra edición de la feria Fruit Logistica, volví a encontrarme con él. O, mejor dicho, con quien dio vida a Fu Manchú. Fue en el aeropuerto de Berlín-Tegel. Yo caminaba hacia mi puerta de embarque y Christopher Lee llegaba para asistir a la Berlinale. Le reconocí desde lejos. Alto, distinguido, ligeramente encorvado por la edad, avanzaba con la serenidad y autoridad que solo tienen algunas personas. Mientras nos aproximábamos fui repasando mentalmente sus personajes: Drácula. Scaramanga, Saruman, Sherlock Holmes, la Muerte.... Pero al cruzarnos, mi memoria volvió a aquel viejo cine de verano. Para mí, por encima de todos ellos, Christopher Lee siempre sería Fu Manchú.

Europa no debe cerrar la puerta a la inversión china, pero debe tener la llave

He vuelto a recordar al villano chino al leer una noticia portuaria sobre la llegada del primer buque de SAIC al puerto exterior de Ferrol con 700 vehículos MG, así como los planes del fabricante chino para hacer de este enclave su plataforma logística para Europa y levantar una planta en As Pontes. Y entonces me hice una pregunta metafórica que probablemente solo entiendan quienes crecimos viendo aquellas películas: ¿y si Fu Manchú ha vuelto?.

La inversión de SAIC es una magnífica noticia para Ferrol, para Galicia y para la industria española. Atraer actividad económica, empleo y nuevos tráficos siempre debe ser motivo de satisfacción. Pero la noticia también invita a levantar la vista del muelle y observar el tablero completo. Hace más de un siglo, el estratega naval estadounidense Alfred Thayer Mahan dijo que quien controla el mar ejerce una influencia decisiva sobre el mundo. China ha comprendido muy bien esa idea. La Nueva Ruta de la Seda y su extensión marítima han impulsado una presencia creciente de empresas chinas en puertos, terminales e infraestructuras logísticas repartidas por medio mundo. Para Pekín son un instrumento de desarrollo económico y comercial; para muchos gobiernos occidentales, además, una herramienta de influencia estratégica.

Ese es el debate que preocupa hoy a Europa. No se debe desconfiar de la inversión china por el hecho de ser china. Ni de cerrar la puerta a quienes generan riqueza, empleo e industria. Se trata de decidir hasta qué punto Europa puede seguir siendo abierto al capital extranjero sin perder la capacidad de decidir sobre las infraestructuras que moldearán su futuro. Los puertos ya no son solo lugares donde atracan barcos. Son nodos logísticos, plataformas energéticas, centros de datos, eslabones críticos de las cadenas de suministro y piezas clave de la seguridad europea. No es casualidad que Bruselas refuerce el control de las inversiones extranjeras en sectores vitales y sitúe a los puertos en el centro de su agenda sobre la autonomía estratégica.

Quizá Fu Manchú nunca existió. O quizá siempre fue una metáfora. Lo que sí existe es una Europa que empieza a preguntarse quién controla las puertas de entrada de su economía. Europa debe seguir siendo un puerto abierto al mundo. Pero un puerto cuya llave continúe en manos europeas. Abrir la puerta es una decisión inteligente, pero más lo es no olvidar quién guarda la llave.