Recuerden aquellos tiempos en los que fueron niños y no tan niños, épocas de enfurruñamientos y aspavientos, de trifulcas con progenitores y hermanos, de injusticias, indignaciones y ultrajes tan absolutamente insoportables que no había miedo ni incertidumbre que nos atenazara y, con arrojo incontrolable, nos echábamos escalera abajo hacia la calle para no volver jamar y, por supuesto, tras haber dado un sonoro portazo. “¡Tranquilidad!”, advertía siempre en el salón uno de los progenitores frente al arrebato de su compañero de fatigas. “¡Ya volverá!”, añadía y... efectivamente, en la mayoría de los casos volvíamos.
En estos días veraniegos, la mayoría, servidor incluido, partimos hacia el descanso vacacional con el mismo orgullo e igual portazo con el que de pequeños nos íbamos de casa. Y ahí se queda la empresa “abandonada” pero segura de que “¡Ya volverán!” y... volveremos. No les quepa duda.