Química pura

Jaime Pinedo

Don Eleuterio Egusquiza (alias “El Lute”) era por naturaleza desconfiado, socarrón y un tanto chapado a la antigua. Al menos para quienes cursábamos el B.U.P.  a principios de los 80 en aquel colegio del barrio de Indautxu de Bilbao donde los curas de sotana y clergyman y los de Levi’s Strauss  y camisa a cuadros de felpa, convivían en aparente armonía. Atento con los buenos alumnos, compasivo con los torpes e inmisericorde con los zascandiles, Don Eleuterio, que era seglar, se paseaba en cada clase de uno a otro lado de la tarima recitando elementos y fórmulas químicas, describiendo propiedades  y reacciones, como quien desgrana las cuentas de un rosario con infinitas estaciones.

| 8 octubre 2019 - Actualizado a las 05:20h
Con la mano derecha inmóvil en el bolsillo de su bata blanca y la izquierda dibujando enlaces imaginarios en el espacio, Don Eleuterio pretendía desvelarnos los misterios de la química y transmitirnos su pasión  por una ciencia que, por lo que a mí se refiere, me importaba entre poco y nada.El debía saberlo. Por eso, cuando en el primer  examen escrito del curso, el de la Tabla Periódica, saqué un 10, Don Eleuterio, desconfiado, socarrón y un tanto chapado a la antigua; atento con los...

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