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¿A qué huelen los puertos?

  • Última actualización
    02 julio 2026 05:20

Pocos placeres hay tan reales como el olor a tierra mojada, un aroma que se produce cuando las primeras gotas de lluvia caen sobre el suelo seco y liberan al aire una sustancia química llamada geosmina que, combinada con los aceites vegetales presentes, generan el denominado petricor, nombre científico de ese olor. Gracias, Google.

Por otra parte, y a falta de que la RAE o quien sea lo registre, hay quien define el olor a mar como maresía, un aroma que incluye el olor de las algas en la playa, el salitre y la humedad flotante del mar.

Pero quisiera ir un punto más allá. ¿Qué sucede cuando el olor a humedad, a mar, a salitre y algas se fusiona con gasoil, aceites de motor, brea, pescado, cereales, madera...? Pues que estamos en un puerto y nadie, al menos que yo sepa, ha sido capaz de ponerle nombre a ese aroma.

Hace ya algunos años los vecinos portuarios sabían bien qué mercancía se estaba descargando en el puerto simplemente por el olor que iba callejeando por los barrios marineros. Son recuerdos olfativos que no se olvidan. Igual que la huella sonora de la que hablaba hace alguna columna, la memoria olfativa de los puertos también debería ser considerada como un bien inmaterial.

Quedé impregnado del olor a resina, madera, humedad y salitre que desprendían los magníficos y descomunales troncos en el muelle

Recuerdo con nostalgia la primera vez que fui al puerto de Valencia, siendo prácticamente un niño, a un muelle de la Xità de libre acceso para los ciudadanos. Más allá de la apabullante magnitud de las dimensiones, quedé inmediatamente impregnado del olor a resina, madera, humedad y salitre que desprendían los magníficos y descomunales troncos dispuestos en el muelle, seguramente procedentes de cualquier exótico país. Imposible olvidarlo.

Cada puerto, en cada época, ha tenido un olor característico. Ahora ya es mucho más complicado captar esos aromas porque se ha trabajado mucho y bien para minimizar el impacto de la actividad portuaria, también del impacto olfativo, pero estoy convencido de que entre los profesionales veteranos del sector los hay que en su día eran capaces de reconocer si estaban en un puerto o en otro solo por el olor.

Los expertos aseguran que los olores nos traen recuerdos de forma instantánea y vívida porque el olfato tiene una conexión directa y sin filtro con el sistema límbico del cerebro, la región encargada de gestionar nuestras emociones y la memoria. Por lo tanto, los aromas son como teclas que inmediatamente nos activan y rescatan imágenes que generan emociones.

Ya lo explicó muy bien el escritor francés Marcel Proust cuando relataba cómo el olor de una magdalena mojada en té le devolvió de golpe a su infancia. Este pasaje literario acabó dando nombre al “efecto Proust”, que es como llaman los psicólogos a la evocación espontánea de recuerdos autobiográficos intensos y detallados provocada por un estímulo sensorial, generalmente un aroma o sabor. Google on fire, again.

Pero a lo que vamos. A una persona ajena al ámbito portuario le podría parecer desagradable esa mezcla de aromas que se fusionan en un puerto. A mí, sin embargo, me traslada automáticamente al hogar y me recuerda que ese olor está generando riqueza y empleo. Ese aroma dibuja puentes entre mundos, acerca a las personas y nos identifica como parte de un mismo todo.

¿A qué huelen los puertos? Pues eso, a casa.