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Agitar el avispero iraní

  • Última actualización
    03 febrero 2026 05:20

Pensó Sadam Hussein que invadir Irán en 1980 le costaría poco. Lo que parecía un paseo militar en la mente del dictador iraquí se convirtió en una guerra de ocho años que costó la vida a más de medio millón de personas. Buena parte de las víctimas se las llevó Irán, que contrarrestó la potencia militar de Irak y sus aliados de Estados Unidos enviando al frente a todo aquel que pudiera empuñar un arma, incluyendo menores de edad y niños. El régimen de los ayatolás no dudó en movilizar a alrededor de un millón de efectivos para contrarrestar la superioridad armamentística de su enemigo. Esa decisión sirvió para forjar un imaginario colectivo que hoy, décadas después del conflicto, sigue muy arraigado en el país. Ahora, con el despliegue de parte de la flota de Estados Unidos en el Estrecho de Ormuz, cada vez estamos más cerca de repetir la historia. Si bien es cierto que tanto Estados Unidos como Irán hablan de negociaciones, lo cierto es que los bombardeos del pasado año a instalaciones nucleares iraníes y la operación militar de Estados Unidos en Venezuela son peligrosos precedentes.

No obstante, Irán no es Venezuela. Al régimen de los ayatolás poco le importa su población, tal y como ha quedado patente en la respuesta del Gobierno a las recientes protestas. Irán cuenta con dos ejércitos paralelos: el regular (con más de 400.000 efectivos) y la Guardia Revolucionaria (con alrededor de 200.000), y dentro de esta última, los Basij, una milicia auxiliar con casi un millón de afiliados en todo el país, cuyos muchos de sus miembros cuentan con entrenamiento militar. Y, además, la estructura burocrática y administrativa del país no se basa únicamente en un régimen teocrático, sino que hay todo un juego de equilibrios internos con demasiados intereses en juego como para doblegarse ante un ataque extranjero a la primera de cambio. Trump deberá pensárselo mucho antes de ordenar un ataque a un país que cuenta con una potencia militar suficiente para alcanzar cualquier punto de Israel y demás aliados de Estados Unidos en la zona.

Cerrar el Estrecho de Ormuz podría llevarnos a una nueva crisis energética global

Cualquier escenario que no sea una salida negociada es negativo. Si finalmente estallara un conflicto que implicara a toda la región -tal y como han amenazado desde Irán-, la estabilidad y navegación del Estrecho de Ormuz se vería altamente comprometida, y tendría unas consecuencias muy importantes y severas en el resto del mundo. Por ese sinuoso cordón de agua de unos 33 kilómetros de ancho en su parte más estrecha que une el Golfo Pérsico y el Golfo de Omán, pasa alrededor de una quinta parte de la producción diaria de petróleo a nivel mundial y una cuarta parte de la producción de todo el gas natural que se consume en el mundo; y supone una vía imprescindible para las exportaciones de países como Arabia Saudí, Irak, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait y la propia Irán. Si le echan un vistazo en este momento a Vessel Finder podrán hacerse una idea de lo que les hablo.

Cerrar esta arteria fundamental podría llevarnos a una nueva crisis energética global, que incidiría de lleno en el sector logístico, como ya sucedió en 2022 con el estallido de la guerra en Ucrania. En ese momento, las cadenas de suministro lograron adaptarse a la nueva situación, aunque no de manera inmediata. Unos precios del petróleo desorbitados impactarían de forma directa tanto en navieras como en empresas de transporte por carretera y, consecuentemente, en el resto de los eslabones de esa cadena logística. Ahora que parece que ciertas navieras comienzan a plantearse volver a navegar por el Canal de Suez, la crisis entre Irán y Estados Unidos no harán sino echar por tierra estos tímidos avances. Nunca ha sido buena idea agitar un avispero.