Que los gobernantes y representantes públicos legislan en ocasiones sin tener en cuenta la casuística del sector económico sobre el que legislan no es nuevo. Son demasiadas las veces en las que se aprueban normativas, leyes, órdenes ministeriales y reglamentos de obligado cumplimiento que dejan cierta sensación de desamparo a aquellos que, sí o sí, deben aplicarlas.
Los que tenemos casa en un pueblo pequeño conocemos esa cierta sensación de desamparo y desasosiego que nos atenaza cuando, en un momento dado, se abre la puerta, asoma la cabeza cualquier familiar o vecino y, tras un lacónico “Hola”, se planta en medio del comedor a ver qué tal te va la vida mientras lanza raudas miradas en busca de cosas que comentar posteriormente con el resto del vecindario. No hace mucho, mientras hablaba con el presidente de una importante asociación empresarial del sector que me relataba todos los esfuerzos que estaba teniendo que realizar su empresa para poder adaptarse a cierta normativa aprobada en Bruselas, me vino a la cabeza esa imagen del familiar lejano que se planta en medio de tu casa sin prácticamente poder hacer nada para evitarlo. Estableciendo un símil muy fácil de identificar, el legislador europeo cada vez más se parece a ese vecino del pueblo. Creemos estar a salvo en nuestra casa, cumpliendo con nuestras obligaciones y quehaceres cotidianos. Pero nada más lejos de la realidad.
En los últimos años, la Comisión Europea se ha plantado en el comedor del sector logístico no para preguntarnos qué puede hacer por facilitar su labor, sino para traer nuevas normativas cuyas aplicaciones, por el momento, no facilitan mucho la vida. Uno de los ejemplos más paradigmáticos es el del ETS (les recomiendo la lectura del último trabajo de Aurelio Martínez publicado en este Diario el pasado viernes). No fueron pocas las veces en las que los profesionales del transporte marítimo de mercancías advirtieron de las consecuencias de la aplicación de dicha regulación, sobre todo por el hecho de que una vez se ponen en marcha inversiones tan cuantiosas como nuevas rutas marítimas, el levantamiento de nuevas terminales portuarias, o los cambios de puertos en los schedules de las navieras, es prácticamente imposible revertirlas. Al sector marítimo y portuario podrá achacársele muchas cosas, pero no el hecho de que no trató por activa y por pasiva de advertir de esas consecuencias y de lo que supondría para la propia Europa. Dio igual. La Comisión Europea se plantó en medio de nuestro comedor sin llamar antes a la puerta y sin preguntar siquiera si había alguna alternativa menos lesiva.