El calendario de 2025 ha querido tener cierta complacencia conmigo y ha provocado que no tenga que volver a asomarme a esta ventana hasta la segunda semana de enero, poco después de los Reyes Magos. No está mal, por un lado, por aquello de dar algo de descanso a la neurona, pero por otra parte me priva de marcar los tiempos de estas fiestas a golpe de la felicitación que toca en cada momento.
Dicho lo cual, y como justo dentro de siete días nos encontraremos en plena vorágine festiva, me adelanto a todo y les deseo una feliz Navidad, una buena entrada de año, un próspero año nuevo y unos felices Reyes. Ya está, ya lo he dicho todo.
Qué forma más breve de resumir unos veinte días que, si la tradición periodística se cumple, podrían dar bastante de sí para nuestro sector logístico-portuario. No obstante, y dado que cuando la política entra por la puerta la logística salta por la ventana, nada de todo lo que podamos intuir, esperar o pronosticar va a suceder. O sí.
Días como el 23, 26 o 30 de diciembre, e incluso el 24 o el 31, están abonados a grandes anuncios políticos que se condenan a pasar desapercibidos. Efectivamente, la famosa doble velocidad de las festividades en nuestro país hace que se trate de jornadas en las que muchos no están, a otros ni se les espera y, los que están, bastante tienen con cubrir las miserias de los artesanos del calendario que diseñan con una habilidad fascinante la construcción de puentes, pasarelas y pasos elevados. Eso es así.
Días como el 23, 26 o 30 de diciembre, e incluso el 24 o el 31, están abonados a grandes anuncios políticos que se condenan a pasar desapercibidos
Pero bueno, dejando los asuntos terrenales a un lado, hoy quisiera centrarme en la parte esotérica que tienen los deseos. Y es que, ya que he llegado hasta aquí, les quiero desear que en el año que va a comenzar tengan la capacidad suficiente como para alejar la toxicidad de sus vidas (lo que también incluye el ámbito laboral). Y no me refiero a los efluvios que puedan retener de las comilonas y desfases de estas fiestas que nos vienen, sino a todos aquellos personajes que producen esa sustancia insoportable que todos conocen.
Hablo de esas personas que acaban por generar en los demás un gran malestar emocional, agotamiento (por escuchar siempre la misma cantinela), conflictos internos (nunca sabes si enviarlas a Cuenca, escucharlas o directamente ignorarlas) e incluso daño psicológico. Porque el tóxico te interpela y exige que te posiciones en su lugar para no ser considerado un traidor.
Suele pasar que en una organización “saneada”, estos perfiles se convierten en una gota de aceite en un vaso de agua y la propia dinámica de las relaciones sociales acaba expulsando esas actitudes de forma natural y, a veces, incluso a las personas.
Nuestro sector no tiene el cuerpo para toxicidades y posee la capacidad suficiente como para sobrevolar campos minados sin temor a activar ninguna espoleta. Les animo sinceramente a que identifiquen la procedencia de las toxicidades que les rodean y actúen en consecuencia.
Y aterrizo con un ejemplo simple. Si leer mierdas todos los días le produce dolor de estómago, la receta fácil pasa por dejar de leer esas cosas y centrarse en las que realmente aportan algo más. La indiferencia es la mayor afrenta que pueden generar entre quienes no buscan otra cosa que provocar y regresar a un estatus que quizás algún día soñaron con rozar.
Lo dicho. Deseo que en 2026 seamos capaces de centrarnos en seguir construyendo un sector más competitivo, eficiente y humano. Nos lo merecemos.