Menú
Suscripción

Alertas

  • Última actualización
    22 octubre 2026 05:20

Discutía el otro día (sin mucha pasión, todo hay que decirlo) sobre los crecientes efectos del cambio climático. Y lo hacía sin pasión porque no hay nada más aburrido que colisionar frontalmente contra el cortoplacismo y ventajismo de quienes no esgrimen más argumento que el mil veces reenviado meme circulado en tu grupo de amigotes que, por otra parte, piensan se creen lo mismo que tú.

Les aseguro, como que Trump es de color naranja, que he hablado con personas que han clamado al cielo maldiciendo el cambio climático y lamentando que una dana se les haya llevado el coche y, en poco más de un mes (una vez ya con coche nuevo), han vuelto a abanderar el argumento del negacionismo achacando el problema de las lluvias al Gobierno de turno. Eso es así.

Una advertencia: los capítulos de lluvias torrenciales han desaparecido. Y ya no existen porque se ha abierto otro episodio de diluvios apocalípticos o diluvios de proporciones bíblicas, que viene a ser lo mismo, marcados por la imposibilidad de predecir exactamente dónde y cuándo se van a producir.

Una advertencia: los capítulos de lluvias torrenciales han desaparecido. Y ya no existen porque se ha abierto otro episodio de diluvios apocalípticos o diluvios de proporciones bíblicas

Por más que afine la meteorología, la horquilla en espacio y tiempo de este tipo de fenómenos sigue siendo tan amplia que es prácticamente imposible saber si los 500 litros van a caer en Oliva o en Pego, aunque entre ambas poblaciones no haya más distancia que 10 kilómetros. Esta indefinición es la que hace que sea necesario interpretar las alertas oficiales con la lógica necesaria.

Vale. Y ¿qué es la lógica necesaria? ¿Qué es lo que nos dice el sentido común? Pues teniendo en cuenta que el citado sentido común se entiende por barrios, es difícil hacerse una composición de lugar porque lo que está bien claro es que hasta que algo no te afecta directamente no acabas de comprender la dimensión del problema.

Si la dichosa alerta roja me deja en casa a los niños, me impide desplazarme o hace que no pueda abrir las persianas del negocio y al final caen cuatro gotas, me enfadaré, maldeciré y hasta protestaré enérgicamente en redes sociales o grupos de WhatsApp. Pero, si por el contrario, la dichosa alerta roja me deja en casa a los niños, me impide desplazarme o hace que no pueda abrir las persianas del negocio y al final pierdo mi coche y hasta la vivienda, bendeciré y alabaré a quien decidió enviar la alerta para decirme que me quedara en casa. Lo dicho, la perspectiva cambia.

La logística no es ajena a esta realidad, al contrario. Comprendemos los efectos de una alerta roja sobre la actividad y la economía, porque hablamos de pérdidas económicas de primer nivel de las que nadie se va a hacer cargo sino el que las sufre, pero también es necesario que seamos conscientes de que la vida tiene mucho más valor.

Por aterrizar y no quedarme navegando en el lodo de barrancadas y ES-Alerts, creo que el panorama ha cambiado lo suficiente como para elevar los protocolos por alertas a cuestión de Estado. Es necesario articular y consensuar procedimientos, ayudas, subvenciones, actuaciones preventivas y hasta reactivas. Si somos conscientes de que nos enfrentamos a un nuevo problema -creo que nadie lo duda- hay que establecer nuevas soluciones. Cuanto antes.