Si levantarse los lunes ya es de por sí complicado, imaginen los del último año. Los que andamos pegados a la actualidad y encendemos la radio por las mañanas lo hacemos con la incertidumbre de no saber qué se le habrá ocurrido al líder del mundo libre el día anterior. Desde aquel abril en que decidió iniciar una guerra comercial con prácticamente el resto de las economías del planeta, lo cierto es que no ha habido semana que no haya sido testigo de un anuncio y ocurrencia de Donald Trump.
En mayor o menor medida, Estados Unidos supone para el resto del mundo un mercado importante a tener en cuenta. Llevarse bien con quien ocupa el Despacho Oval de la Casa Blanca es una de las tareas prioritarias del resto de líderes mundiales. Por eso, puede llegar a ser entendible -hasta cierto punto- la aquiescencia con la que presidentes, primeros ministros y líderes de organismos internacionales han hecho gala ante los desmanes de Donald Trump, que se ve sin frenos ni contrapesos para seguir haciendo y deshaciendo a su antojo. El presidente de Estados Unidos busca equilibrar su balanza comercial, y lo quiere hacer reduciendo el papel de otras potencias como China en el comercio internacional. Sin embargo, con los datos en la mano, parece que la estrategia no está saliendo todo lo bien que el magnate desearía. El pasado año, la economía china creció un 5%, según los datos de su propia Oficina Nacional de Estadísticas, logrando un superávit comercial de -atención- alrededor de 1,2 billones de dólares.
A pesar de la inestabilidad global, las exportaciones chinas hacia la Unión Europea crecieron un 8% en 2025. Las cadenas de valor entre ambos mercados se sobrepusieron al cierre del Canal de Suez y ahora lo han hecho a los aranceles. Tanto China como la Unión Europea son conscientes de que es imposible ponerle puertas al campo, lo llevan en su ADN, y actúan en consecuencia. Trump, por el momento, parece que no.