Hay una sutil diferencia entre ser lo que tradicionalmente llamamos un “pecho lobo” y lo que es convertirse en un “pecho palomo”. Los primeros, seguramente lo son; los segundos tratan de ser los primeros y en su afán por sacar pecho desabrochan un botón de la camisa por cada dos lustros cumplidos y yerguen su figura hasta simular los orgullosos andares de un palomo.
Vaya por delante que no hay normas, más allá de la estética pura, que delimiten si esto es mejor o peor, si gusta o no gusta. Allá cada cual con su circunstancia y viva tu libertad... mientras no acabes con la mía, claro. Porque escuchar música a todo trapo está muy bien, pero si lo haces a 50 centímetros de mi toalla igual me estás tocando los... derechos fundamentales que yo también tengo.
Venía esto de los palomos porque justamente venimos de unas semanas en las que han multiplicado su presencia entre farmeadores de aura o terraplanistas que tomaban un chupito de lejía mientras el eclipse simplemente sucedía. Y ahí, en medio de todo, es cuando surgen las mejores reflexiones.
Y es que la sutil diferencia a la que hacía referencia al principio es perfectamente aplicable a nuestro sector, ya que no es lo mismo ser que pretender ser y a poco que centremos el foco se nos ven todas las costuras.
Hay cientos de cuestiones que preocupan especialmente a nuestro sector y que nunca acaban de encontrar una solución
No podemos salir a vender puertos competitivos si nuestra propia normativa, tanto la local como la europea, nos limita y nos pone al pie de los caballos. No podemos implementar un modelo de gestión portuaria común (gobernanza para los ilustrados), si seguimos teniendo la certeza de que se van a pasar por el forro las indicaciones de los que realmente pisan el muelle.
No podemos aspirar a alcanzar una cuota decente de mercado ferroviario en España si las inversiones en infraestructuras siguen siendo ridículas, si las ejecuciones se perpetúan y si el modelo de gestión prioriza otros modos de transporte. Por más que se intente vender lo contrario.
No vamos a ser capaces de hacer un transporte por carretera atractivo para las nuevas generaciones si no se toman medidas que aseguren salarios decentes, conciliación familiar y un margen de ganancias adecuado. Como tampoco saldrá este colectivo de su situación si la normativa vigente estrangula y desde donde corresponde no se articulan, definitivamente, acciones encaminadas a legislar mejor y ordenar el sector de una forma mucho más coherente y eficiente.
De la Agenda 2030, ni hablamos.
Son tres generalidades tan vacías como evidentes, lo sé, pero es que pueden estirar el chicle hasta donde ustedes quieran porque hay cientos de cuestiones que preocupan especialmente a nuestro sector y que nunca acaban de encontrar una solución. Y ojo que esto también es así en el plano internacional o local.
Y al final, aunque solo sea por cuestiones de supervivencia, no nos queda otra que sacar a relucir nuestro pecho palomo para que, aunque no lo seamos, parezca que sí somos.
Reactivamos la neurona después de unas semanas de contemplación perpetua de eclipses. No digo yo que vayamos a solucionar todos nuestros males en unos cuantos meses (¿de qué íbamos a hablar si no?), pero tenemos la obligación de intentarlo.