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Del mediterráneo Roig Arena al atlántico Luis Adaro

  • Última actualización
    01 diciembre 2025 16:09

“Lamento que en el recinto ferial Luis Adaro de Gijón no tengamos el mismo equipamiento que en el Roig Arena de Valencia”. Con esta frase, cargada de ironía y cierto derrotismo, el director de la Federación Asturiana de Empresarios (FADE), resumía la brecha entre dos Españas ferroviarias: la que llena un pabellón como el Roig Arena para defender el Corredor Mediterráneo y la que, en el norte, debate el futuro del Corredor Atlántico entre cortes de conexión y power points que no se cargan.

El contraste no es solo técnico ni de puesta en escena. El acto masivo en Valencia, con empresarios, instituciones y sociedad civil desplegando músculo comunicativo, es difícil de imaginar en Gijón, Vigo, León, Santander o Bilbao para reivindicar el Corredor Atlántico. Allí, el Mediterráneo se ha convertido en causa compartida; aquí, el Atlántico sigue siendo una suma de quejas territoriales más que un proyecto común. El pasado viernes, en el IX Foro de Transporte Multimodal que organiza Asetra en Gijón, los representantes de Castilla y León, Asturias y Galicia hablaron abiertamente de un corredor “al ralentí”, mientras el Comisionado del Corredor Atlántico, José Antonio Sebastián, replicaba con una cascada de datos, inversiones y proyectos para demostrar lo contrario: “las asimetrías se corrigen con presupuestos y con inversiones”.​

Las cifras de Sebastián suenan contundentes: 3.023 millones de euros de inversión en el Corredor Atlántico en 2024, frente a una media de 653 millones anuales entre 2012 y 2018, y un esfuerzo que, según subrayó, triplica este año al del Corredor Mediterráneo. Pero al otro lado de la pantalla (literalmente, porque el Comisionado no acudió en persona a Gijón y su ausencia encendió el reproche del presidente de Asetra, Ovidio de la Roza) las comunidades del noroeste insistieron en lo que falta: planes directores claros, cronogramas creíbles y obras clave que ni siquiera han empezado. Galicia recordó que la electrificación entre Lugo, Monforte y Ourense debía estar lista en 2021 y sigue en el limbo; Castilla y León denunció cuellos de botella que impiden sacar mercancías por Irún o garantizar autopistas ferroviarias hacia Madrid; Asturias reclamó que la variante de Pajares y el Puerto de Gijón se acompañen de túneles y gálibos adaptados si de verdad se quiere poner camiones sobre el tren.​

Quizá ha llegado la hora de que el Atlántico remede, sin complejos, algunas lecciones del Mediterráneo

Mientras tanto, el Levante ha entendido algo decisivo: la batalla de los Corredores no se libra solo en los BOE y en los reglamentos europeos, sino también en la opinión pública. El Corredor Mediterráneo tiene relato, rostro y eslogan; el Atlántico, demasiadas veces, solo tiene alegatos dispersos y encuentros a puerta cerrada. Y esa diferencia pesa. No porque el Mediterráneo quite nada a nadie (la tesis de que el avance de uno conlleva el retroceso del otro es tan falaz como carente de autocrítica), sino porque la falta de presión coordinada en el norte rebaja el volumen político y mediático de sus reivindicaciones.​

Quizá ha llegado el momento de que el Atlántico remede, sin complejos, algunas lecciones del Mediterráneo, como articular una verdadera labor de lobby conjunto entre empresariado, Administración y sociedad civil; convertir los foros técnicos en escaparates públicos; llenar pabellones, no solo informes; y explicar al país que sin un corredor fuerte entre Galicia, Asturias, Castilla y León , Cantabria, Euskadi y el resto de Europa, tampoco habrá cohesión territorial ni competitividad plena.

La “asimetría” puede corregirse con inversión, como dice el Comisionado, pero también, y sobre todo, con más presión social, más visibilidad y más convicción colectiva en que el Luis Adaro también merece su propio “efecto Roig Arena”.