No me negarán que este verano que está a punto de acabar (el astronómico, porque al meteorológico aún le quedan semanas, por mucho que nos pese) no ha sido movidito. Hemos ido encadenando crisis tras crisis, o incluso las hemos vivido de manera simultánea y en directo. Ahí está la tensión en Oriente Medio, que no tiene visos de rebajarse y que sigue afectando a las cadenas logísticas y de valor de prácticamente todo el mundo y hace que el combustible, materia prima esencial para algunos sectores productivos, se encuentre en niveles casi prohibitivos; hemos tenido incendios devastadores en España que poco a poco van dejándonos sin bosques y hacen cada vez más insoportable el verano; nos hemos quedado atónitos con la crisis migratoria vivida en Ceuta y lo frágiles que pueden ser esas líneas que en los mapas marcan los límites de los países... Y así hasta prácticamente el infinito.
Pero hasta verano han pasado más cosas, algunas de las cuales han pasado desapercibidas para mucha gente. Enfrascados como estamos en las innumerables posibilidades que nos otorga una tecnología tan disruptiva como la inteligencia artificial en nuestro día a día, creo que habría que darle una vuelta a cuál va a ser nuestro presente y futuro con relación a la IA. Es indudable que ha llegado para quedarse, y que es una herramienta muy poderosa que puede ayudarnos en muchos campos a hacernos la vida más fácil. Sin embargo, la velocidad que ha cogido su desarrollo es una variable que debemos tener muy en cuenta. Y este verano hemos vivido dos ejemplos que nos deben hacer pararnos un reflexionar. Por un lado, un enjambre de agentes de IA logró realizar ataques cibernéticos para cumplir con el objetivo que se les había impuesto, consiguiendo incluso escapar de un entorno cerrado y sin conexión a Internet saltando de un ordenador a otro de una red interna hasta que pudo “salir” al exterior. Por otro lado, la velocidad de desarrollo que está adquiriendo la propia IA comienza a ser un problema. Y lo es por su propia autocapacidad de crear la siguiente generación de IA, en un fenómeno que se conoce como automejora recursiva.
