En no pocas escuelas de negocio, en todas diría yo, se insiste actualmente en la importancia de las “soft skills”, ya saben, esas habilidades de las personas que tienen más que ver con cómo eres, cómo te comportas y cómo te relacionas con los demás, que con tus competencias técnicas o capacidades para desempeñar una tarea específica.
De entre todos esos mensajes contradictorios que lanzan los gurús sobre la gestión empresarial, pocas veces se hace referencia a cómo acaban las carreras profesionales. Porque es muy contradictorio que el sistema permita que se pueda llegar a ser un directivo de primerísimo primer nivel a personas que no han cosechado a su alrededor más que miseria y mal rollo. Esos mismos que no asumen el momento de su retirada o de su jubilación porque, cuando llega, miran a su alrededor y se encuentran solos y vacíos.
Nunca se puede hablar de un buen directivo, menos un buen líder, si no se cuenta con importantes dosis de empatía, humanidad y capacidad de autocrítica. Si se carece de ello no se puede ser un buen gestor, pero tampoco un buen profesional. Sea del nivel que sea.
Anda estos días un poco cabizbajo mi buen amigo Juan Manuel Pau. Después de una vida entera dedicada al sector, recientemente ha puesto fin a una trayectoria profesional envidiable y él, obviamente, se siente joven y capaz de seguir aportando valor. Les aseguro que su modestia y humildad le impiden pensar que se retira con un triunfo rotundo, seguramente, ni siquiera ha pensado jamás en eso del “triunfo”, sino más bien en sentirse a gusto consigo mismo, no defraudar y no tener jamás la sensación de ser un impostor.
Siempre volvemos a lo mismo, a situar a las personas en el centro de cualquier gestión
Quisiera aprovechar esta columna (ya que ahora mismo tengo el poder de la tecla) para expresar un sentimiento, creo que compartido masivamente. Amigo, Juanma: puedes estar tranquilo y pasear por las calles del sector con la cabeza bien alta; has completado una trayectoria profesional brillante; has cosechado amigos allá por donde has pasado; has intermediado, pacificado y allanado el camino cuando la pendiente se ponía casi vertical; has cumplido con creces con los objetivos profesionales que se te han marcado desde arriba y, por encima de todo, has logrado el consenso en torno a tu persona: eres un tipo magnífico y una persona espectacular. ¿Es eso triunfar? No tengas ninguna duda. Las escuelas de las que hablaba antes deberían nutrirse más de profesionales como tú y menos de iluminados que no hablan de sus fracasos, pero sí de los éxitos de terceros.
El caso de Juanma es solo uno de los muchos que podemos encontrar en nuestro sector y de alguna forma me gustaría que estas palabras personificadas en él sirvieran de homenaje hacia todos aquellos que han hecho de la humildad, la perseverancia y la empatía su razón de ser.
Y es que siempre volvemos a lo mismo, a situar a las personas en el centro de cualquier gestión. A partir de ahí se puede crecer como gestor, directivo, líder... y como persona, aunque suene redundante.
Nuestro sector está lleno de personas maravillosas que, en definitiva, marcan la medida de su excelencia. Preocupémonos de preservar esos valores y el éxito llegará más fácilmente, y no nos olvidemos tampoco de la cualificación, que llega de la mano de la formación y de la experiencia.
La coctelera de la excelencia profesional en el sector logístico tiene un tonelaje bruto más que considerable y de ella deben beber las nuevas generaciones.