Hay fechas que se nos imponen con tal solemnidad que invitan a desconfiar de ellas, aunque no podamos evitarlas. El 1 de enero es una de ellas. Cambia el año, se renuevan los propósitos, se publican balances y previsiones como si el tiempo tuviera bisagras y el calendario fuera algo más que doce simples hojas caducas. A mí, qué quieren que les diga, siempre me ha parecido un puro convencionalismo. Una frontera ficticia que no separa ritmos distintos, ni vitales ni económicos, ni laborales ni logísticos. El 31 de diciembre no se cierra nada que no venga ya abierto, y el 1 de enero no empieza nada que no estuviera en marcha.
Hasta hace no tantos años asociaba el arranque del “año real” al inicio de la Liga de fútbol. Cuando rodaba el balón, algo se activaba también en mi cabeza: nuevas expectativas, nuevos ciclos, nuevas rutinas. El problema es que la Liga, como tantas otras cosas, ha ido adelantando su calendario hasta desdibujar cualquier lógica estacional. Hoy empieza casi a primeros de agosto y nos pilla literalmente en chanclas. Así que, puestos a fijar una fecha razonable, convengamos en que el verdadero inicio del año (no el natural, sino el que importa) llega el 1 de septiembre. Ahí sí que volvemos al trabajo, a los presupuestos, a las decisiones, a los problemas de verdad.
Y, sin embargo, aquí estamos este 30 de diciembre haciendo balance de 2025 y previsiones para 2026, como si el cambio de hoja fuera a alterar mágicamente las inercias del comercio, del transporte o de la economía global. No lo hará. Pero la tradición también tiene su peso, y no está de más ordenar ideas y hacer balance. Si algo ha dejado claro 2025 es que la palabra “normalidad” sigue siendo una entelequia. Se habló de estabilización, de vuelta a patrones conocidos, de mercados más previsibles. Y lo que hemos tenido ha sido otra cosa: menos caos visible, sí, pero más complejidad estructural. En el transporte y la logística, eso se ha traducido en una demanda irregular, en una capacidad que parece abundante pero no siempre lo es, y en la persistente sensación de caminar sobre arenas movedizas.