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Esa difusa línea entre protección y proteccionismo

  • Última actualización
    17 febrero 2026 05:20

La línea que separa la protección del proteccionismo es, en muchas ocasiones, demasiado fina, tanto que a veces es tan imperceptible que la primera se confunde con el segundo, o éste se disfraza de la primera para justificarse. La errática evolución de los poderes públicos en este sentido tampoco ayuda, sobre todo teniendo en cuenta que son muy pocos los líderes políticos y de opinión los que saben diferenciarlas. La protección de la economía nacional tiene entre su principal objetivo fortalecer la industria local, pero sin necesidad de cerrar el mercado global. Por el contrario, el proteccionismo utiliza barreras como aranceles, cuotas e incluso subsidios para restringir el comercio exterior. Todo es cuestión de enfoque, finalidad e intensidad. A grandes rasgos, podríamos decir que la primera es más sutil e indirecta; el segundo no, ya que es intervencionista y directo.

Si bien es cierto que en ambos casos el Estado toma una parte activa, en la protección de la economía la Administración se vale de herramientas menos agresivas y que generan riqueza a más largo plazo una vez se han dejado de adoptar, como fomento y mejora de infraestructuras, o inversiones en I+D+i y educación, por poner dos ejemplos. Por contra, con el argumento de salvaguardar la producción nacional, el proteccionismo da un paso más estableciendo aranceles, cuotas a la importación y subsidios directos a la industria. Estas medidas, en cuanto son retiradas, dejan de tener efecto y dejan a los sectores a los que pretendían proteger en la misma situación de indefensión. Es cierto que a corto plazo y en un período concreto son más efectivas, pero también lo es que, a la larga, resultan mucho más perjudiciales. Conclusión: todo proteccionismo implica una protección, pero no así a la inversa. En la mayoría de los casos, la protección busca una mayor competitividad de los sectores económicos de un país, mientras que el proteccionismo, lo que persigue, es evitar esa competencia.

Jugar con reglas distintas distorsiona la competencia

Tras la Segunda Guerra Mundial, fue el libre comercio el que relanzó la economía mundial, y fue el que permitió llevar riqueza y prosperidad a una gran parte del orbe. Desde hace unos años, ese rol ha sido puesto en duda por algunos gobiernos, pero, sobre todo por cada vez más sectores productivos, que ha visto en la globalización y sus herramientas una causa a buena parte de sus problemas.

Los tratados de libre comercio son uno de los mayores exponentes de esa globalización. En un momento en que cada vez más Gobiernos pasan de las medidas de protección a las proteccionistas, fomentar los intercambios comerciales es, en líneas generales, una buena idea. Pero el hecho de crear un área de libre comercio debería implicar que todos los países implicados jueguen con las mismas reglas. El Acuerdo entre la UE y Mercosur es paradigmático: la industria española accede a un mercado ávido de productos acabados; sin embargo, el sector primario nacional ve perjudicada esa competitividad, porque sus competidores producen con menores costes y medidas fitosanitarias mucho más laxas.

Jugar con reglas distintas distorsiona la competencia, y abona el terreno para que las ideas proteccionistas (que no de protección) arraiguen en un sector que no ha hecho sino padecer las consecuencias negativas de esa globalización en las últimas décadas. El paso entre poner en valor lo propio y protegerlo a negar lo ajeno y excluirlo es, como decíamos al comienzo de este Punto de Fuga, muy fino y difuso. Es paradójico que un acuerdo de libre comercio, pensado para facilitar el intercambio de productos y servicios, sea lo que pueda llevar a una parte cada vez mayor de la sociedad a no creerse eso del comercio sin barreras.