Robert Lighthizer fue el representante comercial de Estados Unidos en la primera Administración Trump y uno de los grandes arquitectos de la política comercial norteamericana entre 2017 y 2021. Recientemente aseguraba que el sistema de comercio internacional actual está roto. Argumentaba su afirmación en lo que para él es una situación de desequilibrio: mientras algunos países disfrutan año tras año de superávits comerciales, otros incurren en déficits de manera permanente. No podemos negar que la situación es exactamente esa: las economías occidentales importan más de lo que exportan. Pero achacar esa situación únicamente a los de enfrente, es decir, a los países exportadores, es en mi opinión falsear en parte la realidad que hemos vivido desde los años 90. Resumir el conflicto comercial actual a un maniqueísmo de buenos y malos es falaz. Hasta ahora, a Occidente le ha convenido esta situación.
Una de las razones por las que las economías occidentales del hemisferio norte son eminentemente importadoras es porque sus centros de producción ya no están, de forma ampliamente mayoritaria, en esos países. Miles de empresas se lanzaron a producir en Asia, sobre todo en China, por sus bajos costes. Al albur de esa deslocalización, comenzaron a gestarse las cadenas de suministro globales que conocemos hoy en día. En esos años, no importaba tanto que creciera el déficit comercial si las empresas de esos países más desarrollados lograban vender sus productos a un precio muy competitivo tanto en los mercados nacionales como en los internacionales. Aquí radica uno de los problemas actuales que explican el auge de políticos como Trump en zonas de Estados Unidos antes industrializadas y ahora económicamente deprimidas: los gobiernos de esos países no supieron compensar bien durante todos esos años a esa masa laboral que veía cómo se cerraban las fábricas de sus ciudades. Todas las generaciones afectadas ven en las promesas de políticos como Trump la solución a sus problemas.