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¿Estamos realmente preparados para la ruta del Ártico?

  • Última actualización
    15 enero 2026 05:20

Será este próximo verano cuando, en teoría, se activará la primera línea marítima regular entre Europa y Asia a través del Ártico. Después de un viaje experimental, aunque real, desarrollado por el buque “Istanbul Bridge” el pasado mes de octubre para la naviera china Sea Legend Shipping, la compañía anunció que será en este ejercicio cuando activará el servicio “China-Europe Arctic Express Route” que, con una periodicidad semanal o quincenal, promete unir ambos destinos con un tiempo de tránsito de 18 días, frente a los más de 28 habituales de la ruta por el Canal de Suez.

Ya no estamos hablando de un experimento como el que en 2023 realizó la china New New Shipping con su Ruta Marítima del Norte, sino de un anuncio con visos de convertirse en realidad.

Si finalmente se consolida ese servicio y marca el ejemplo a otras compañías, asistiríamos a una afectación (cuyo volumen habrá que delimitar) sobre las rutas tradicionales de Suez, Panamá o el Estrecho de Malaca en las relaciones marítimas entre Asia y Europa o Asia y el Atlántico Norte. Asimismo, obviamente, determinados puertos del Mediterráneo e incluso del sudeste asiático podrían verse afectados por esta nueva ruta. La pregunta es cuánto.

Conviene analizar la situación con prudencia y perspectiva. Es una certeza que el deshielo del Ártico está abriendo nuevas ventanas de oportunidad, pero existen riesgos ambientales, operativos y regulatorios muy importantes.

Por una parte, por más que la ruta ártica se active, estará siempre expuesta a los caprichos de la meteorología: lo que hoy está libre de hielo, mañana puede estar absolutamente colapsado. Esa incertidumbre cuesta dinero.

Se entiende que las navieras tendrán que afrontar unos gastos mayores

Asimismo, será necesario que los buques estén mínimamente preparados con cascos reforzados, sistemas de navegación especializados y tripulaciones expertas, lo que, sin duda, aumenta los costes operativos.

En tercer lugar, pese a que se recortan millas náuticas de distancia y tiempo de navegación, no está claro que la reducción de emisiones que provocará pueda enjugar el nuevo impacto ambiental sobre una región especialmente sensible y protegida.

Por otro lado, sin salir del capítulo de costes, se entiende que las navieras tendrán que afrontar unos mayores gastos de seguros, equipamientos y hasta previsiones por retrasos por las condiciones variables de la ruta.

Finalmente, y no es un tema menor (menos todavía después del interés desmesurado de Trump por controlar Groenlandia), las rutas del Ártico están en el centro de tensiones geoestratégicas entre Rusia, Estados Unidos, Canadá, China y otros países por el control de estas vías y los recursos naturales asociados a este territorio, por no hablar de las dudas en torno a la jurisdicción de esas aguas.

Dicho todo lo cual, y con el limitado alcance que puede tener este análisis de 600 palabras, creo que no me equivoco si aseguro que la posible apertura de la ruta del Ártico podría complementar a las ya existentes, pero es imposible que se produzca un cambio radical de la red global de comercio marítimo, por lo menos a corto o medio plazo.

Por cierto, concluyo con la noticia que conocimos ayer mismo: China ha cerrado 2025 con un superávit comercial récord de 1,2 billones de dólares. Los aranceles impuestos por EE.UU. han provocado que el país asiático venda menos a los estadounidenses pero mucho, muchísimo más a otros destinos. ¿Quién está perdiendo entonces con la política de aranceles? Pista para Trump: mire a su alrededor.