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¡Hola! ¿Qué tal? ¿Todo bien?

  • Última actualización
    07 mayo 2026 05:20

—¡Hola! ¿Qué tal? ¿Todo bien?

—Sí, todo bien. ¿Tú también?

—Sí, perfectamente. Me alegro de verte; hacía ya... ni se sabe cuánto tiempo ha pasado.

—Yo también me alegro. Bueno, a ver si nos vemos y charlamos un rato.

—Vale, perfecto. A ver si nos vemos.

Y así, como quien no quiere la cosa, en unos quince segundos, nos ventilamos casi diariamente muchos de los encuentros casuales que tenemos con viejos, o no tan viejos, conocidos. Nada que reprochar. Todos lo hacemos, en mayor o menor medida, ya sea por pereza básica de relación social, por prisas, porque realmente hay poco que contar a esa persona o porque, simplemente, no tenemos el cuerpo para farolillos.

Porque, claro, todo lo que sea salirse de esa fórmula magistral del saludo “rápido y cordial” requiere un ejercicio de escucha, atención y réplica que no siempre estamos dispuestos a realizar.

El problema, real y gordo, es cuando todo en nuestra vida lo despachamos igual. El egoísmo se apodera de nosotros y eso se nota. “Es que la gente no me hace caso; es que no tengo ‘feeling’ con la gente; es que no me cuentan cosas; es que me hacen el vacío...”. La conclusión sobra porque la conocen bien.

Pero ¿qué ocurre cuando estas situaciones del día a día son extrapoladas al mundo profesional? Pues que justo ahí encontramos la diferencia entre el éxito y el fracaso.

No es lo mismo decir: “Yo tengo un puerto que flipas, preparado e interconectado, con el que vas a alucinar”; que decir: “Dime qué necesitas y ya verás cómo puedo ayudarte”. La primera sentencia es unidireccional; la segunda implica escucha activa, simplemente un paso previo para enlazar con la primera, que tampoco debe faltar.

Porque en la escucha activa está la clave. Nos quejamos permanentemente, seguramente con mucha razón, de que no nos hacen caso en cuestiones tales como la financiación, la ausencia de dotaciones presupuestarias para infraestructuras, las diferencias de interpretación de las normas según países, las injusticias en la aplicación de tasas o la falta de sensibilización social... Y es que quien nos tiene que escuchar simplemente no quiere hacerlo o no le interesa. Pero ¿estamos trasladando bien el mensaje o estamos contribuyendo al egocentrismo básico que también practican con nosotros? Es evidente que trasladar estas afirmaciones al ámbito de la política es frivolizar demasiado, pero quiero recordar que los grandes “conseguidores” son siempre buenos comunicadores y es imposible comunicar bien si no se sabe escuchar primero.

Y ya no se trata tanto de sentarse a ver qué nos dicen, sino de descifrar mensajes, analizar su contenido, estudiar la comunicación no verbal y empatizar hasta el punto de comprender qué es lo que se nos traslada y por qué. En la base del éxito comercial no se prioriza la habilidad de hablar bien, sino la de saber comunicar.

Por ejemplo, nuestros puertos compiten en un ecosistema en el que no lo tienen fácil: normativas europeas, competencias cercanas que bordean los límites y legislaciones nacionales que coordinan y dan sentido al sistema, pero que, no lo olvidemos, limitan la competición con países vecinos que tienen libertad de acción. Y en ese escenario, donde todo parece imposible, los puertos españoles trascienden y muestran al mercado toda su fortaleza, siendo capaces de captar grandes oportunidades. Creo que no molestaré a nadie si cito el ejemplo de Barcelona, una perfecta muestra de cómo se pueden hacer las cosas bien: sobreponiéndose al entorno, ofreciendo soluciones, proponiendo innovación, alternativas y un conocimiento edificado sobre la base de escuchar al mercado, a sus clientes y a sus usuarios. Así sí.

En la escucha activa está la clave