El martilleo de mensajes y la generación de “contenidos” es tan brutal que no es fácil separar el grano de la paja. Lo que antaño era una persona generadora de opinión de referencia, conocida bien por sus intervenciones en público, bien por sus reflexiones plasmadas en el papel, hoy en día ha pasado a ser una experta en redes sociales, una persona que domina el medio por encima del mensaje. En otras palabras, se controla más cómo, cuándo y dónde lanzar una información, que la información que se quiere transmitir.
En esta cultura de la inmediatez a la que tan fácil nos hemos acostumbrado todos, los contenidos han pasado de ser cortos a ser mínimos. El déficit de atención de las personas se ha incrementado proporcionalmente a la reducción de la duración de los mensajes. Y hay que convivir con eso.
Pero no solo hablamos de la profundidad de los mensajes, sino también del canal que utilizamos para trasladarlos. ¿A quién no le ha pasado que sus hijos le ignoran sistemáticamente las llamadas y le responden, ipso facto, cuando les envías un privado de “insta”? Eso es así. No quieren rollos; cortita y al pie y, a ser posible, botando en el punto de penalti. Fácil, sin agobios, sin prisas, con poca responsabilidad y sin dilemas que hagan pensar más de la cuenta.
Pero no se equivoquen, culpar al sistema de todos nuestros males es una forma fácil de evadir el problema.
Culpar al sistema de nuestros males es evadir el problema
El otro día me topé de frente en un parque público con una veintena de personas que se habían propuesto compartir unas horas con sus teléfonos apagados. Lamento no recordar el nombre de la asociación que figuraba en un cartel informativo en el que, además de explicar lo que estaban haciendo, alentaban a los viandantes a sumarse al proyecto.
Por lo que sea, la iniciativa no parecía tener demasiado éxito (al margen de dos microgrupos que conversaban alegremente, los demás practicaban unos juegos de patio de dudoso atractivo, por lo que una pareja amable “comercializaba” su propuesta entre los curiosos que desaceleraban el paso para husmear qué se cocía por allí.
Ya saben, como diría Loli Dolz, “pereza máxima”. “¿De verdad queréis que me detenga yo aquí ahora, sin conocer a nadie, para contar mi vida a un desconocido o para jugar al pañuelo o al pilla-pilla tal y como tengo yo la vida ahora mismo? Venga, alabo la propuesta y admiro vuestro interés, pero si sabéis contar, conmigo no contéis. Por favor, dadme algo fácil, asimilable, rápido y de autoconsumo... que no me da la vida...”.
Pero vamos a lo nuestro. En este contexto de consumo masivo de inmediatez y mensajes instantáneos, se disipa con facilidad la pretensión de inculcar entre la sociedad la importancia del sector logístico y marítimo-portuario a través de grandes mensajes, estrategias desproporcionadas e inversiones sin sentido.
Por ejemplo, utilizar LinkedIn en los puertos con el pretexto de que es una red social que te acerca a la tendencia actual y lanzar posts a cascoporro de más de 100 palabras supone un triple error estratégico. LinkedIn no es más que una red de autopromoción personal/profesional; muchísimos de los usuarios a los que queremos llegar no están en esta plataforma y, soltar una chapa de más de 50 palabras, por muchos iconos graciosos que incluya, solo consigue unas decenas de “me gusta” de usuarios que ni siquiera se han detenido a leer el texto. ¿Es inútil esta plataforma? En absoluto, pero ya me entienden.
¿Queremos llegar e impactar masivamente a la sociedad? Puede que la solución no esté ni en la pausa de un juego de parque ni en la viscosidad de un post de autobombo. Busquemos la inmediatez que se nos reclama. Cambiar el modelo no está en nuestra mano.