Esto de la vida va de interactuar con los demás y si usted no se lo cree, no lo practica o no lo comprende, acostúmbrese a la soledad en su más amplia acepción. No lo dude. Pasar los escasos y vertiginosos años que tenemos intentando esquivar la relación con los demás es lo mismo que condenarse a la opacidad y al oscurantismo. Eso es así y cada uno es libre de elegir, faltaría más.
Recuerdo bien la conversación con un empresario que cosechó un importante éxito profesional en la década de los 90 y que, con el paso de los años, observaba con desesperación cómo su cartera se desvanecía peligrosamente. Seguro de que el marketing le iba a echar un cable en este tipo de acciones, destinó recursos a espuertas con un éxito relativo... y así hasta que decidió salir a la calle y volvió a buscar la relación con el entorno en numerosos foros aparentemente inocuos pero tremendamente efectivos. Esa interacción le hizo volver a ver la luz donde solo había una empinada cuesta hacia la oscuridad.
Creo que ya dije algo parecido hace un par de columnas, pero me viene ahora bien recordar que, como bien saben, la mayoría de las veces cuando preguntamos “¿cómo estás?” no hacemos otra cosa que saludar cordialmente y no esperamos más que una respuesta alineada a la pregunta y del tipo “Todo bien, ¿y tú?”. Sin más.
Pero ¿qué ocurre cuando la persona te responde “estoy maravillosamente bien”, “me encuentro a tope” o “no podría estar mejor, la verdad”? Pues que la emoción contagia y te interpela a partes iguales. Con esa optimista respuesta el que pregunta se queda, como mínimo, descolocado. Y es que las personas tenemos la costumbre de vincular bienestar con seguridad por lo que transmitir que se está bien suele resultar más atractivo social y profesionalmente.
Pero es que, además, aunque en el fondo también sea una respuesta “quedabien”, es una forma elegante del interpelado de no hacerte partícipe de sus problemas (que los tendrá, como todos) y que tú, seguramente, no tienes el más mínimo interés en escuchar.
También podríamos hablar de la picardía de quien responde cuando dice que está estupendamente al típico plasta que no soporta, al correveidile de turno o al eterno competidor que va de simpático. En todos los casos es una forma muy elegante de trasladar un mensaje.