He de confesarles que cuando escribí el pasado 3 de febrero “Agitar el avispero iraní”, pensaba en el fondo que la tensión entre Irán y Estados Unidos e Israel se suavizaría. Ingenuamente llegué a esperar que las negociaciones servirían para reconducir posiciones y lograr un acuerdo que pudiera dejar contentos a ambas partes y rebajar a presión. Obviamente, me equivoqué. Tanto Israel como Estados Unidos decidieron, finalmente, agitar el avispero, desencadenando el enésimo episodio de disrupción en las cadenas de valor y suministro de todo el mundo.
Ha pasado poco tiempo desde que Estados Unidos e Israel lanzaran el primer misil sobre suelo iraní, y las consecuencias ya se notan en nuestros bolsillos. Dejando los análisis en geopolítica y estrategia militar de lado, sí podemos concluir que uno de los efectos es que un colapso en la demanda mundial es una posibilidad cada vez más plausible, gracias a que la subida de los precios del petróleo puede reducir el consumo de los hogares y a que esas cadenas de suministro puedan verse afectadas. Desde comienzos de la década de los 20 de este siglo, el mundo se encuentra en una delicada situación de debilidad. Tras recuperarnos a trancas y barrancas de la pandemia sanitaria, la guerra de Ucrania provocó una crisis inflacionaria que hizo que los Estados se endeudaran hasta el límite y los mercados laborales quedaran tiritando. Y ahora Irán, con un frenazo no sólo a las propias exportaciones del petróleo, sino a toda una serie de productos derivados también necesario para que el engranaje económico mundial se mantenga en marcha, como los fertilizantes y los productos químicos. La economía mundial es hoy más débil que antes de 2020, sobre todo porque la respuesta tradicional de los Estados a estas situaciones -políticas fiscales expansivas- es cada vez más contraproducente, si no queremos aumentar más esa deuda.