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La capacidad de adaptación del comercio mundial no es infinita

  • Última actualización
    17 marzo 2026 05:20

He de confesarles que cuando escribí el pasado 3 de febrero “Agitar el avispero iraní”, pensaba en el fondo que la tensión entre Irán y Estados Unidos e Israel se suavizaría. Ingenuamente llegué a esperar que las negociaciones servirían para reconducir posiciones y lograr un acuerdo que pudiera dejar contentos a ambas partes y rebajar a presión. Obviamente, me equivoqué. Tanto Israel como Estados Unidos decidieron, finalmente, agitar el avispero, desencadenando el enésimo episodio de disrupción en las cadenas de valor y suministro de todo el mundo.

Ha pasado poco tiempo desde que Estados Unidos e Israel lanzaran el primer misil sobre suelo iraní, y las consecuencias ya se notan en nuestros bolsillos. Dejando los análisis en geopolítica y estrategia militar de lado, sí podemos concluir que uno de los efectos es que un colapso en la demanda mundial es una posibilidad cada vez más plausible, gracias a que la subida de los precios del petróleo puede reducir el consumo de los hogares y a que esas cadenas de suministro puedan verse afectadas. Desde comienzos de la década de los 20 de este siglo, el mundo se encuentra en una delicada situación de debilidad. Tras recuperarnos a trancas y barrancas de la pandemia sanitaria, la guerra de Ucrania provocó una crisis inflacionaria que hizo que los Estados se endeudaran hasta el límite y los mercados laborales quedaran tiritando. Y ahora Irán, con un frenazo no sólo a las propias exportaciones del petróleo, sino a toda una serie de productos derivados también necesario para que el engranaje económico mundial se mantenga en marcha, como los fertilizantes y los productos químicos. La economía mundial es hoy más débil que antes de 2020, sobre todo porque la respuesta tradicional de los Estados a estas situaciones -políticas fiscales expansivas- es cada vez más contraproducente, si no queremos aumentar más esa deuda.

Seguimos dando vueltas a conceptos como la relocalización o el desacoplamiento económico

Por suerte, tras la Segunda Guerra Mundial y sobre todo desde 2020 hasta ahora el sistema de comercio mundial ha sabido aguantar y adaptarse a cada nueva situación de crisis o disrupción, sobre todo gracias a que los países han seguido comerciando entre ellos y han fortalecido sus relaciones multilaterales a pesar de políticas y estrategias proteccionistas, arancelarias y restrictivas. Sin embargo, ese poder de adaptación no es ni infalible ni indestructible, porque habrá que concienciarse que puede ser que llegue el día que esa flexibilidad y adaptación de las cadenas de suministro no sea suficiente. A corto plazo, habría que preguntarte si un cierre continuado del Estrecho de Ormuz sería tolerable para la economía mundial. Si bien no habría problemas de desabastecimiento (no más del 20% de todo el petróleo mundial transita por la zona), sí habría que tener en cuenta que una subida continuada del barril de crudo sería inasumible por las empresas y los hogares. Y a largo plazo, y aunque se resuelva con relativa prontitud el conflicto en Oriente Medio, habrá que ver cómo el comercio mundial hace frente a los desafíos que tiene ante sí. No hablo sólo de sostenibilidad y reparto más equitativo de la riqueza, sino de cómo va a influir una tecnología como la inteligencia artificial, que es a la vez herramienta, oportunidad y amenaza.

La pandemia dejó al descubierto las vulnerabilidades de nuestras cadenas de valor. Desde entonces, seguimos dando vueltas a conceptos como la relocalización o el desacoplamiento económico. Rediseñar esas cadenas de suministro cuando una gran mayoría de la industria está en Asia y cuando las cadenas logísticas están diseñadas en función a esa realidad incontestable no se resuelve agitando avisperos.