El pasado fin de semana decidí acercarme a la Feria del Libro de Valencia. La lluvia de la mañana me hizo dudar hasta el último momento, aunque finalmente, con el sol ya fuera, nos encaminamos hacia los Jardines de Viveros, lugar que acoge el certamen desde hace ya años, y que para mí es, sin duda, el mejor marco para que sigamos amando ese tesoro que son los libros. En el pasaje dedicado a Antonio Machado, que comienza en la puerta principal de los jardines y finaliza en el Museo de Ciencias Naturales, caminamos durante un buen rato entre las decenas de casetas que todos los años se apostan en los jardines. Entre árboles, arbustos y flores, los libreros -y algún que otro autor recién llegado a la selva editorial- esperan a que los miles de valencianos que nos pasamos estos días por allí se interesen por alguno de los manuscritos que pueblan las estanterías. Me sorprendió gratamente el tirón que sigue teniendo una convocatoria como esta: en la era digital en la que estamos inmersos, los libros en papel siguen atrayendo a gente de todas las edades.
Y aún me sorprendió más el hecho de que, a pesar de la gran cantidad de valencianos que el viernes por la tarde abarrotaban este pulmón verde de la capital valenciana, no hubiera ningún problema de movilidad. Por alguna extraña razón, todos los que allí estábamos nos organizábamos de manera espontánea para caminar por nuestra derecha, un sistema que permite, por un lado, escudriñar toda la oferta de las casetas caminando de una manera más pausada y, por otro, no molestar a aquellos que necesitan ir algo más deprisa por la parte izquierda porque ya tienen el libro que buscaban o porque, simplemente, se han cansado de mirar. Seguimos caminando de esta manera hasta completar nuestro recorrido de una manera ágil pero tranquila, y llegamos a una caseta más grande y amplia en la que, además de varios puntos de información, los autores y escritores más conocidos y mediáticos firmaban ejemplares a troche y moche.