Vivir en una ciudad portuaria aporta carácter. Ni mejor, ni peor; simplemente es algo que marca. Si además se tiene la suerte de haber vivido en un barrio marinero, la influencia sobre las personas de esa interacción es más que evidente.
El paso de los años lo ha matizado todo un poco, pero no debemos olvidar que antes de que existieran los actuales sistemas de comunicación, la relación entre los buques y los vecinos de los barrios marítimos era especialmente directa y casi “sensorial” ya que las personas del barrio eran capaces de interpretar sonidos, banderas, columnas de humo, repique de campanas, etc., procedentes de la zona portuaria. De hecho, era bastante común escuchar a nuestros mayores aquello de “si no se oye el puerto, es que algo pasa”.
Y es que no solo hablamos de un vínculo laboral o de proximidad, sino de una amalgama de sonidos que formaban parte del paisaje sonoro de los barrios y que eran inmediatamente traducidos y asimilados por los vecinos en íntima conexión con sus puertos.
Hace no tantos años los buques utilizaban sus sirenas para señalizar sus maniobras de atraque o llegada y salida del recinto, el final o el inicio de una operativa, inclemencias meteorológicas, urgencias o riesgos de cualquier tipo, cambios de turno, necesidad de práctico, problemas a bordo, señales de luto, etc.
En la actualidad lo que llega del puerto a los vecinos es considerado como ruido, en todos sus sentidos, y ya ha quedado atrás la interpretación de aquellas señales acústicas como información, actividad económica o incluso tranquilidad porque en el puerto hay trabajo a diario y eso es bueno.
Con la evolución de la tecnología hemos reducido la contaminación acústica, pero también hemos desconectado de esa otra realidad. Hoy no podríamos soportar la potente sirena de un barco a los dos de la mañana anunciando una incidencia; antiguamente los vecinos necesitaban sentir esa conexión con su puerto y hasta la requerían socialmente porque el aviso iba a ser parte de las conversaciones de la mañana.