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La huella sonora de puertos y ciudades

  • Última actualización
    28 mayo 2026 05:20

Vivir en una ciudad portuaria aporta carácter. Ni mejor, ni peor; simplemente es algo que marca. Si además se tiene la suerte de haber vivido en un barrio marinero, la influencia sobre las personas de esa interacción es más que evidente.

El paso de los años lo ha matizado todo un poco, pero no debemos olvidar que antes de que existieran los actuales sistemas de comunicación, la relación entre los buques y los vecinos de los barrios marítimos era especialmente directa y casi “sensorial” ya que las personas del barrio eran capaces de interpretar sonidos, banderas, columnas de humo, repique de campanas, etc., procedentes de la zona portuaria. De hecho, era bastante común escuchar a nuestros mayores aquello de “si no se oye el puerto, es que algo pasa”.

Y es que no solo hablamos de un vínculo laboral o de proximidad, sino de una amalgama de sonidos que formaban parte del paisaje sonoro de los barrios y que eran inmediatamente traducidos y asimilados por los vecinos en íntima conexión con sus puertos.

Hace no tantos años los buques utilizaban sus sirenas para señalizar sus maniobras de atraque o llegada y salida del recinto, el final o el inicio de una operativa, inclemencias meteorológicas, urgencias o riesgos de cualquier tipo, cambios de turno, necesidad de práctico, problemas a bordo, señales de luto, etc.

En la actualidad lo que llega del puerto a los vecinos es considerado como ruido, en todos sus sentidos, y ya ha quedado atrás la interpretación de aquellas señales acústicas como información, actividad económica o incluso tranquilidad porque en el puerto hay trabajo a diario y eso es bueno.

Con la evolución de la tecnología hemos reducido la contaminación acústica, pero también hemos desconectado de esa otra realidad. Hoy no podríamos soportar la potente sirena de un barco a los dos de la mañana anunciando una incidencia; antiguamente los vecinos necesitaban sentir esa conexión con su puerto y hasta la requerían socialmente porque el aviso iba a ser parte de las conversaciones de la mañana.

Si no se oye el puerto, es que algo pasa

¿En qué momento llegamos a desconectar tanto?

Por eso, y porque la nostalgia y el apego por la ciudad marítimo-portuaria es algo que se lleva muy dentro, me sigo emocionando cada Nochevieja cuando los buques celebran la entrada del Año Nuevo a golpe de sirena (lo he explicado más de una vez), pero también cuando se saltan las normas y se producen situaciones dignas de recordar.

22 de junio de 2008. La selección española de fútbol se enfrenta a la italiana en los cuartos de final de la Eurocopa. El partido llega al final con un cero a cero en el marcador. En la tanda de penaltis, después del primer gol de Villa, suena casualmente la sirena de un buque atracado en el puerto; Grosso empata para Italia y dos ferris de bandera o tripulación italiana replican el primer sirenazo con otros dos más prolongados... y así hasta que Fàbregas marca el último y decisivo lanzamiento que desata la sinfonía de casi todos los buques atracados en puerto que se suman a la fiesta del campeón.

La situación se repitió en la Eurocopa de 2012, con los mismos protagonistas (y yo diría que hasta con los mismos marineros a bordo). Italia rompió el hielo con sus sirenas en el minuto 61 y España replicó apenas cinco minutos después para rubricar el empate en la fase de grupos. La final es otra historia y pese a lo abultado del resultado (4-0 para España), los códigos de honor y marinería torera se impusieron al estruendo de las sirenas.

Veremos qué nos depara el próximo mundial. Ojalá podamos revivir por unos minutos esa huella sonora que tan bien supo definir Santiago Auserón como los sonidos que dejan rastros culturales, emocionales y hasta geográficos generando una suerte de memoria acústica colectiva. Ojalá.