El pasado 14 de octubre, Estados Unidos cumplió su amenaza de gravar las escalas de buques chinos en sus puertos. Aunque el argumento dado por la Administración Trump es investigar la industria naval china, lo cierto es que el objetivo a largo plazo del mandatario estadounidense es revitalizar una industria naval estadounidense en franca decadencia.
En concreto, los operadores de buques chinos deberán abonar 50 dólares por tonelada neta de buque, cantidad que aumentará gradualmente hasta 140 dólares en abril de 2028, con independencia del país de construcción. Los buques construidos en China operados por empresas no chinas estarán sujetos a tasas equivalentes al mayor de los dos importes siguientes: 18 dólares por tonelada neta o 120 dólares por contenedor descargado, que se incrementarán hasta 33 y 250 dólares, respectivamente, en 2028.
China respondió el mismo día con tasas portuarias equivalentes aplicables a buques estadounidenses. Estas tasas se cobrarán en cuatro fases anuales, comenzando con 55 dólares, que aumentarán hasta los 155 en abril de 2028. En concreto, las tasas chinas afectan a buques propiedad u operados por compañías, organizaciones o individuos estadounidenses, así como a aquellos con participación estadounidense igual o superior al 25% en el capital o los derechos de voto. También se incluyen los buques bajo pabellón estadounidense, y los barcos construidos en Estados Unidos.
Yerra Trump al pensar que imponer tasas a los buques chinos será un aliciente para la industria naval americana
A nadie se le escapa que las medidas impuestas por Estados Unidos y la respuesta de China se enmarca en las tensiones comerciales entre ambos países, y que van a servir como argumento en las negociaciones que se están llevando a cabo. Sin embargo, aún es pronto para dilucidar el efecto que tendrán sobre el transporte marítimo y el comercio internacional, sobre todo porque deberán ser las navieras las que decidan qué hacer con esas nuevas tasas. Es poco probable que las grandes compañías marítimas asuman al 100% esta nueva carga -aunque puede ser que alguna lo haga-, por lo que las empresas cargadoras deberán hacer frente a una nueva piedra en el camino más. Y si son las empresas cargadoras las que asuman esta nueva tasa, ¿cuánto creen que tardaremos los consumidores en notar sus efectos?
Por otro lado, en esta ocasión la respuesta china va a tener una incidencia limitada. En estos momentos, la industria naval estadounidense se encuentra en claro declive. Limitada a la construcción de buques mercantes de cabotaje y con una alta dependencia del conglomerado militar, sí es cierto que es pionera en modelos recreativos. Aunque aten cabos, porque no creo que veamos a muchos buques de la Armada de EE. UU. haciendo escala en puertos chinos.
No obstante, yerra Trump al pensar de manera ingenua que imponer tasas a las escalas de buques chinos será un aliciente para la industria naval americana. Tengamos en cuenta que los astilleros chinos construyen más de la mitad de todos los buques comerciales del mundo. En estos momentos, es impensable que la industria naval norteamericana pueda absorber parte de ese trozo de pastel. Y no sólo por costes, sino porque desde hace años, China ha querido potenciar su propia industria naval. Con grandes ayudas púbicas, cierto, pero también con una estrategia que integra astilleros comerciales y militares, un control total de la cadena de suministro, una altísima producción y la demanda creciente de transporte marítimo global. Esta es la realidad. Lo demás, más impuestos impuestos por alguien que dijo que no le gustaban los impuestos.