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Los bloqueos de Francia y el yugo del transporte

  • Última actualización
    11 septiembre 2025 05:20

Durante la jornada de ayer estaba prevista en Francia una movilización masiva, impulsada por el movimiento “Bloqueemos todo”, como medida de presión y protesta ante las medidas de austeridad impulsadas por el primer ministro antes de su caída tras una reciente moción de censura.

El movimiento, tal y como su nombre indica, pretendía paralizar transportes, carreteras y servicios estratégicos, una acción que ya hemos vivido en más de una ocasión y que, obviamente, consigue una visibilidad espectacular en tanto en cuanto aplica sobre casi cualquier ciudadano.

El hecho de que para contener la movilización el ministerio del Interior desplegara 80.000 policías y gendarmes en todo el país (además de refuerzos de helicópteros, drones y vehículos blindados), no auguraba una jornada tranquila, la verdad. Y no lo fue. La jornada transcurrió, por lo menos hasta la hora de rematar esta columna en la tarde de ayer, tal y como estaba previsto. Tensiones puntuales, altercados localizados, sabotajes y... el transporte por el aire.

Si hay un colectivo especialmente solidario es, precisamente, el del transporte por carretera

Las protestas, las manifestaciones, movilizaciones, etc., son un derecho que debemos cultivar y preservar ya que en muchas ocasiones no hay otra forma de llegar a la opinión pública y a los gobernantes. Los sistemas democráticos disponen de estos mecanismos que, en último término, los distinguen claramente de otro tipo de gobiernos que repudiamos (casi todos). Pero sigue siendo necesario dar una vuelta de tuerca al sistema porque, como bien saben, los damnificados en caso de altercados casi siempre son los mismos y de forma recurrente: el transporte en toda su dimensión acaba pagando los platos rotos.

Porque es importante que todos apliquemos paciencia y espaldas anchas en busca de un objetivo común, pero es que resulta que siempre pierden los mismos: los ciudadanos y el transporte. Pueden combinarlo como quieran.

Porque ¿quién va a asumir el coste de las indemnizaciones de los retrasos en las entregas? ¿Quién va a pagar los desperfectos en los camiones? ¿Quién va a asumir el coste de la reparación de las infraestructuras básicas afectadas? ¿Quién va a sufrir las consecuencias de que esas infraestructuras estén un tiempo paralizadas? Ya saben, el transporte y los ciudadanos. Los ciudadanos y el transporte.

Que sí, que hoy te sacrificas tú y ya mañana si eso me tocará a mí. Como cantaba irónica y sarcásticamente el desaparecido Iñaki Fernández, alma de Glutamato Ye-Yé: “Tú pones tu granito, que yo ya pongo (pondré) el mío. Haremos la montaña de la felicidad”.

Si hay un colectivo especialmente solidario es, precisamente, el del transporte por carretera, como bien lo ha demostrado en cientos de ocasiones, por lo que no se le puede pedir mucho más. Pese a todo, sigue siendo sistemáticamente maltratado por quienes gobiernan, unos y otros, que son absolutamente incapaces de dimensionar la actividad, sus necesidades, sus carencias históricas y sus demandas (a veces muy elementales) para aportar un marco de justicia e igualdad en el que la actividad pueda desarrollarse bajo unos parámetros básicos de dignidad.

La historia se repite. Muy posiblemente no es la primera vez que leen algo así en esta columna a lo largo de los últimos años, pero es que parece no haber remedio al pesado yugo que soporta la carretera.