Sé que voy a equivocarme, a la baja, pero es muy posible que a lo largo de los años haya dedicado esta columna a la ZAL del Puerto de Valencia más de una decena de ocasiones. No es que tenga una querencia especial sobre el asunto, es que los capítulos de tragedia griega que ha protagonizado esta actuación dan como para escribir un serial.
No sabría decir las veces que hemos reído en esta Redacción al releer nuestros propios titulares de años atrás. “Luz verde definitiva a la ZAL”, “La ZAL ve la luz al final del túnel”, “Sentencia definitiva en favor de la ZAL”, “La nueva sentencia del Tribunal abre una etapa de esperanza para la ZAL”... Todos estos titulares, reales, tienen más de quince años. Ya les digo, reír por no llorar.
Pero ahora todo parece diferente. Por un lado, las obras de la primera empresa en instalarse en la ZAL comenzaron hace meses y se espera que inicie sus actividades este mismo año. A esta iniciativa hay que sumar otras tres que están siguiendo sus pasos. Con todas las inversiones lanzadas y prácticamente en marcha se antoja un poco más complejo echar de nuevo el freno de mano.
Por otra parte, las mismas personas vinculadas al proyecto que en su día me decían que no nos fiáramos en absoluto, ahora se muestran bastante más confiadas. Y eso es mucho decir cuando hablamos de profesionales que llevan casi tres décadas con este asunto encima de la mesa.
No es cuestión de intuición, es que una vez el Supremo ha inadmitido el recurso, pocas opciones quedan que no sea el amparo al Constitucional o al Europeo en el supuesto de violación de derechos fundamentales que, obviamente, no es el caso. Lo dicho, salvo giro mágico de guion, la sentencia es firme y de obligado cumplimiento.
Algunos aportaron granitos de arena, otros capazos...
Y creo que es justo reconocer precisamente el papel de esas personas a las que me acabo de referir. Nadie puede negar que los equipos directivos que han pasado por la APV en los últimos 30 años han aportado su granito de arena para que el proyecto saliera adelante (algunos aportaron granitos, otros capazos...), pero la ZAL fue solo un capítulo de sus trayectorias profesionales. Los que siempre han estado ahí, desde el primer momento hasta hoy, son las personas que conforman VPI Logística, la sociedad encargada del desarrollo, comercialización y puesta en marcha de la ZAL, entre otros proyectos.
Hablamos de personas. Hablamos de Fátima Zayed, Pilar Agramunt, José María Langa, Manuel Rodríguez y Raúl Cascajo, profesionales que siempre han huido de los focos pero que, sinceramente, merecen un reconocimiento concreto. Y soy consciente de que soy injusto porque al citar a cinco omito a otros veinte o cuarenta que también han estado ahí siempre, pero comprenderán que centre la atención en quienes hoy forman parte de VPI porque, con independencia de la implicación concreta de cada uno de ellos en el proyecto, son quienes han soportado durante lustros el juicio de los que han puesto a la sociedad que los contrata en el punto de mira, cuestionando su utilidad e incluso su viabilidad.
Otro día hablaremos de las injusticias del sistema, de las oportunidades perdidas, de la viscosidad de la política o del oportunismo interesado de supuestos vecinos, pero hoy toca empatizar con “los de VPI”, con esos profesionales que han tenido que sobreponerse una y mil veces, que han tenido que retrabajar lo trabajado, que han soportado ninguneos y desprecios y que no han bajado nunca su nivel de exigencia profesional, por respeto a ellos mismos, pero también por respeto a la certeza de que la ZAL añade competitividad al puerto, genera sinergias, crea riqueza y compromete socialmente la actividad portuaria con el desarrollo social del barrio.
Lo dicho, va por vosotros, por “los de VPI”.