Al sector portuario podrán achacársele muchas cosas, pero si hay algo que los puertos de este país y los profesionales que les han dado vida han hecho a lo largo de los años ha sido el saber plantear y dar una solución a los retos de cada momento. Hacer una enumeración aquí de los hitos más importantes daría para publicar varios Puntos de Fuga, y como no quiero aburrirles, me gustaría incidir no tanto en cada uno de esos acontecimientos o circunstancias que acaecieron, sino en el propio hecho en sí de saber responder. Como en cualquier actividad económica importante que se precie de serlo, y la portuaria es una de las más relevantes, convendremos en que las necesidades siempre están ahí: necesidades operativas, de seguridad, de personal, de maquinaria, de mantenimiento... y así un largo y eterno etcétera. Lo que cambia con los años no son esas necesidades, sino la manera de solucionarlas. Obviamente, las terminales no respondían igual en los años 70 del pasado siglo que ahora. El trabajo físico y manual ha ido desdibujándose para dar paso a cantidades ingentes de datos, algoritmos, automatización de procesos y procesos de electrificación. Mismas necesidades, distintas respuestas.
Y para que esas respuestas hayan podido adaptarse al cambio de los tiempos, los procesos innovadores aplicados a la actividad portuaria han sido la verdadera palanca de cambio. Porque si hoy en día, como bien reflejaba mi compañero Marc Vergés en su última columna, la palabra “innovación” puebla los discursos grandilocuentes de nuestros representantes políticos, lo hace, en la mayoría de las ocasiones, sin ningún tipo de contenido y vacía de significado, a pesar de que queda muy resultona entre tanta palabrería. Como saben, el folio y el powerpoint lo aguanta todo; el gran reto llega cuando hay que pasar de las palabras a los hechos, de trasladar esas ideas a un hecho y escenario concreto y real, un contexto que se puede tocar y experimentar, un escenario que es, en suma, real.