Los tiempos que vivimos ni son nuevos ni son extraños. Que la actualidad sea convulsa es inquietante, pero desde luego ni es nueva ni es extraña. Un presidente de una potencia mundial insulta a la periodista que lo entrevista instantes antes de dejarla plantada porque no le gustan sus preguntas; son tiempos en los que los conflictos se enquistan y van siendo olvidados por un mundo que acaba por acostumbrarse; son tiempos de grandes magnates con fortunas inmensas que hacen y deshacen a su antojo; son tiempos de revoluciones sociales y culturales que en realidad no lo son tanto, porque perpetúan valores y comportamientos que estarían mejor desterrados y olvidados.
Son tiempos en los que los organismos internacionales parecen estar sumidos en un cierto letargo. Dejando de lado la sonrojante irrelevancia de la ONU o la Organización Mundial del Comercio, fijémonos en el Banco Central Europeo. Reaccionó tarde tanto al impacto de la pandemia sanitaria como al de la guerra en Ucrania. Además, su diagnóstico fallido hizo que el golpe de estas dos disrupciones y de sus consecuencias económicas y logísticas fueran más intensas de lo esperado. Ahora ha decidido poner en marcha el engranaje para dejar atrás su estrategia de mantener los tipos de interés bajos y ha anunciado su intención de subirlos después de casi tres años sin hacerlo. Esta decisión pretende frenar la senda inflacionista en Europa de los dos últimos meses (la subida de los precios en el continente ha sido superior al 3% en abril y mayo) y, además, lanza un mensaje de que no repetirá sus errores pasados. Sin embargo, subir los tipos tiene un contrapunto: se puede poner en riesgo el crecimiento que, a pesar de la crisis energética provocada por la escalada en Oriente Medio, por el momento resistía.
Y mientras, los fletes al contado en escalada máxima
Son tiempos también en las que las previsiones son cada vez menos fiables. Por su propia naturaleza, las previsiones son lo que son, esto es, estimaciones que, aún basadas en indicios fiables y hechas por expertos, pueden no cumplirse finalmente. Cuando Estados Unidos, Israel e Irán decidieron estrenar la nueva versión de “Juegos de Guerra”, la inquietante película de John Badham de 1983, hubo previsiones que hablaban de un precio del barril de petróleo Brent de más de 200 euros. Hoy, con 100 días de conflicto, ese precio sube con fuerza, sí, pero se mantiene en el entorno de los 100 dólares, incluso después del reciente intercambio de misiles entre Irán e Israel. No obstante, y a pesar de que esa escalada no ha sido tan pronunciada como cabría esperar, el aumento del precio del combustible sí ha afectado a sectores como el transporte de mercancías por carretera; conviene no olvidarlo.
Son tiempos donde las treguas ya no valen nada. En “La Vaquilla”, Berlanga retrató como nadie lo esperpéntico que puede llegar a ser un alto el fuego: dos soldados -uno del bando republicano y otro del sublevado- pretenden intercambiarse para poder ir a ver a sus familias. La colleja del sargento sublevado ante la propuesta y su inolvidable “¿Es que no sabes que hay dos Españas, la nuestra y la de ellos?” es la demostración de que, incluso en el esperpento puede haber reglas. Ahora, a pesar de las negociaciones, y a pesar de que Trump anuncia día sí y día también la inminencia de un acuerdo, lo cierto es que los misiles siguen volando, el Estrecho de Ormuz sigue bloqueado y, ¡sorpresa!, los rebeldes hutíes han amenazado con volver a convertir el Mar Rojo y el Canal de Suez en zona de navegación impracticable.
Y mientras, los fletes al contado en escalada máxima. ¿Ven? Ni tiempos nuevos ni tiempos extraños.